Desde la primera derrota de la modernidad liberal-socialista a manos del nazi-fascismo hasta su inmolación en los gulags soviéticos, la historia de la democracia demuestra que, cuando la política entra en crisis, es decir, cuando ella deja de representar, de escuchar, de hablar y de proponer, con su crisis viene a menos el recurso racional y espiritual que nos permite a los seres humanos, entre libres e iguales, construir sociedad.
Viene a menos también erigir el patrimonio ético y moral que nos habilita para distinguir entre el bien y el mal, aceptar que la utilidad individual sólo se optimiza en la amalgama virtuosa de la utilidad de todos y que las normas –éticas, morales y jurídicas—trazan de manera indeleble la frontera entre el territorio crudo y despiadado del mundo de la necesidad y del egoísmo, y el territorio plural y solidario del mundo democrático de los ciudadanos.
Esa felonía, que todavía hoy nos persigue y proyecta su sombra tenebrosa sobre nuestro presente, nos demuestra que los colectivos humanos, aturdidos por la irracionalidad, la mentira, el resentimiento, el odio, la ignorancia y la violencia, renuncian a su condición humana y de ciudadanos, se rinden y se entregan sin reparos ni pudor al nariceo del demiurgo de turno, cuyas pulsiones degradantes, polarizantes y destructivas les arrempujan barranco abajo por atajaderos distópicos plagados de destrucción, horror y mucho dolor, que cuesta mucho en ser sanado.
Ello acontece ya, en diferentes grados y con características propias, en la Hungría de Orbán, en la Venezuela de Maduro y la Nicaragua de Daniel, en la Siria de Bashar al-Assad y la Italia de Salvini, en los Estados Unidos de Trump y la Filipinas de Duterte, en la Honduras de Hernández y la Gran Bretaña de Johnson. Populistas todos, tienen en común la pericia tóxica de “vender exitosamente” respuestas simples y falsas para problemas y desafíos complejos.
El detonante primero de esta crisis es y ha sido siempre el momento en que la economía –sede de legítimos intereses particulares— se sobrepone a la política–sede de imprescindibles intereses generales— y la aplasta, corrompe y envilece para zafarse de sus reglas y límites e imponer la lógica de una economía de mercado neoliberal movida sólo por la codicia, la insolidaridad y la depredación de los activos comunes.
Y es precisamente en ese momento que sobreviene a ese modelo de economía de mercado la incapacidad estructural y funcional de producir y distribuir la riqueza que asegure su ampliación social y espacial y la reproducción orgánica inclusiva del ciclo producción y consumo.
Esa crisis de la economía deriva en una crisis social en la cual los lazos de solidaridad entre ciudadanos se deterioran hasta romperse y se desdibujan, hasta desaparecer, los proyectos sociales comunes para dar paso a un rechazo nihilista de todo y del todo.
Y la concurrencia de la crisis económica y social, y el vacío de representación de la política, hace posible un escenario de incertidumbre y caos que alimenta y alienta la tentación de darle patadas a la mesa, de dejarse arrastrar por una furia autodestructiva que, una vez saciada, obligará a encarar las mismas dificultades, pero multiplicadas, y los mismos desacuerdos, pero más envenenados.
¿Puede alguien en Panamá negar que la política está en crisis? ¿Puede alguien negar que en este clima programado de inseguridad, incredulidad, miedo e indefensión --que los medios de comunicación cultivan con fruición amarillista y las redes sociales explotan sin misericordia-- sea prudente, oportuno y conveniente abrir la Caja de Pandora de una Constituyente con partidos políticos enfermos, con políticos con el alma corroída a punta de pesetazos que solo se representan a ellos mismos, sólo se hablan entre ellos y de ellos, que perdieron el norte y los proyectos que les dieron vida, que no nos escuchan, no proponen, ni lideran?
El síntoma terminal de la crisis de la política se presenta cuando, por cobardía y oportunismo, los ciudadanos renunciamos a reconocer que la fiebre no está en la sábana, que no está en la Constitución… Que está en nosotros, en la degradación clientelar a que nos hemos dejado arrastrar para escoger y seguir escogiendo a los peores y a perdonarles, a cambio de un jamón, una chamba o una adenda, todas sus traiciones, sus mentiras, sus delitos y sus abusos.
¿No sería más sensato suspender esta histeria constitucionalista y abocarnos a un gran debate nacional, bien estructurado y gerenciado, para construir los mínimos comunes multiplicadores que le den soporte y fundamento a la sociedad inclusiva y justa que queremos, al modelo de economía de mercado que haga del ser humano y de la naturaleza su única razón de ser, y al arreglo republicano que le asegure soporte funcional a los dos primeros? ¡No pongamos la carreta por delante de los bueyes!
El autor es politólogo

