SISTEMA PÚBLICO

El consumidor final de la educación: Iván Samaniego

Hoy escribiré en nombre de aquellos que muchas veces no tienen voz, de aquellos que frente a su impotencia y frustración no pueden más que tener la esperanza de que la educación pública de este país cambie algún día.

Y es que frente a esta frustración a muchos padres no les queda más que matricular a sus hijos en una escuela particular, pues como en artículos anteriores lo manifesté, este es un sistema educativo dicotómico; la educación pública y privada están regidas por reglas diferentes, lo que se refleja cuando los docentes invocan a paros, pues el sistema particular prosigue, pero el público se detiene.

Para el Ministerio de Educación (Meduca) el consumidor final es lo menos relevante. Y ¿quién es el consumidor final? El que después de la cadena constituida por el engranaje o estructura organizacional que desarrolla una serie de procesos, recibe un producto o un servicio, en este caso el servicio es la educación pública.

Para describir mejor esto, hablemos de mi propia experiencia y la de mi hija, de siete años. Inicialmente decidí matricularla en una escuela equis y, sin entrar en detalles sobre el tema académico, a mitad de año el plantel empezó a manifestar las consecuencias de años de descuido en su mantenimiento, pues mientras muchos políticos de este país se enriquecían, esa escuela como muchas otras se caía a pedazos.

¿Qué resultó de todo esto? Que las clases se tornaran irregulares hasta reducirse a tres días a la semana, a causa de las condiciones de una infraestructura deplorable y de los parapetos que se le hacían. Se pretendía que, mediante módulos, dichas ausencias se compensaran, pero ese factor afectó a todos los estudiantes de la escuela, “el consumidor final”, el mismo que paga los platos rotos por la falta de planificación e incapacidad de eso que le llaman el Meduca.

Como padre preocupado por la educación de mi hija, decidí cambiarla a la que fue mi alma mater, la Escuela Naciones Unidas, en la que viví una buena experiencia de niño, y con la esperanza de que las cosas cambiaran. Sin embargo, para mi sorpresa, al iniciar el año me enteré de que el grupo todavía no tenía maestro nombrado, porque el Meduca, según nos cuenta la directora, no había completado ese proceso. Tuvieron que pasar cuatro semanas para que mi hija, por fin, iniciara sus clases.

Lo mismo ocurrió el siguiente año, pues la maestra nombrada no era permanente y el puesto quedó vacante y, nuevamente, mi hija, “el consumidor final”, tuvo que esperar cuatro semanas para tener maestro, mientras el Meduca lo nombraba.

Pero la historia no termina ahí, a mitad de año, cuando aparentemente todo iba bien, el maestro se jubiló sin mediar palabra, reunión ni aviso previo. Mi hija y su grupo se volvieron a quedar sin maestro. Al pedirle explicaciones a las autoridades de la escuela, las respuestas fueron: “No es culpa nuestra, al Meduca ya se le envió la solicitud de reemplazo y no han resuelto”, “eso toma su tiempo, es un proceso y otros grupos también se quedaron sin maestro por la misma situación”, bla, bla.

Han pasado tres semanas desde entonces y, para colmo, ahora se declara un paro de docentes. Ante tal situación, ¿qué le queda a los padres preocupados por la calidad de la educación de sus hijos?

Esto demuestra claramente que el Meduca es una institución centralizada, lenta y burocrática, basada en procesos ineficientes e inoperantes en el sentido más amplio de la palabra, porque ni siquiera es capaz de resolver los problemas básicos, como nombrar a tiempo a los educadores.

Al padre promedio no le queda más que optar por la alternativa de pagar un colegio privado, como consecuencia de la ineptitud del sistema de educación pública, que no satisface las necesidades más básicas del consumidor final, quien solo recibe un servicio mediocre basado continuamente en excusas y excusas.

Cuando uno vive en carne propia estas cosas, considera que no es descabellada la idea de cerrar el Meduca y de distribuir los millones que se gastan en sus sostenimiento para darle directamente a los padres un capital que les permita pagarle a su hijo un colegio privado. Si eso ocurriera, hasta las huelgas se acabarían.


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