Llegaron a Panamá en paquetes de tamaño manejable. Es cierto que a consecuencia del traslado (pasábamos de ser estudiantes en España a profesionales en tierras panameñas) renunciamos a muchos objetos que se integraron en las casas de amigos y hermanos. Sin embargo, nadie pensó, ni por asomo, dejar los libros, ni siquiera una enciclopedia de 20 tomos, para que nuestros futuros hijos tuvieran dónde absolver dudas. Estábamos en 1974 y no había internet.
Pasaron más de 30 años, y cuando en el año 2006 regresé a vivir a España tampoco tuve problemas con desprenderme de objetos y enseres, salvo los que tenían algún valor afectivo. Me recuerdo en el aeropuerto el día de la partida con dos maletas como todo equipaje, lo que tan solo probaba mi desapego por las cosas fácilmente reemplazables. La experiencia, y las vivencias, también iban conmigo. Sin embargo… faltaban los libros.
Muchos de ellos, carcomidos por el comején y la humedad a pesar de todas las precauciones, fueron a parar, con dolor en el alma y contraviniendo todos los principios, a grandes bolsas de basura camino del reciclaje. Otros, entre ellos la enciclopedia, consultada hasta el límite durante años pero ya obsoleta, se llevaron a la Biblioteca Ernesto J. Castillero, donde se negaron a aceptar más. Debieron intuir que los valiosos estaban aún en mi poder y que no tenía intención alguna de cederlos. Y son estos precisamente los que me tienen el corazón partío.
Hasta el momento han estado a buen recaudo, pero ha llegado la hora de que vuelvan como vinieron, aunque acompañados de bastantes más. Los echo en falta. En ocasiones, su ausencia me produce un doloroso vacío, sobre todo cuando el cuerpo me pide acurrucarme en el rincón de lectura y repasar pasajes cien veces leídos y cien veces descubiertos. Para llenarlo, he comprado cajas, papel manila, cinta adhesiva y etiquetas y he procedido a hacer paquetes.
Sin embargo, me ha surgido algo con lo que no contaba: la duda. Me pregunto si no estaré siendo romántica en exceso. O lo que es peor, si el tiempo no habrá dejado en mí más huella de la que declaro y mi conducta huele a desfase. Con la plata que me voy a gastar en mandarlos, puedo reponerlos en su mayoría en ediciones nuevas, como ya he hecho con algunos que fueron alimento del comején, y además, en el Club de Lectura de la Biblioteca Pública de mi ciudad, tengo todos los títulos del mundo a mi disposición… sin costo alguno. Me basta el carné de socia.
Por si eso fuera poco, meacabo de enterar de que el regalo estrella para estas navidades será el e-book, el libro electrónico, ese nuevo artilugio en tamaño manejable y transportable, aunque objeto todavía de perfeccionamiento, que te ofrece listas aceptablemente surtidas. Sería una solución a la falta de espacio: los megas no ocupan anaqueles, y tal vez lo incluya en la carta al Niño Dios. Por probar que no quede. Hasta es posible que me acostumbre, como me acostumbré, a leer periódicos y revistas en la red. Es un buen oficio para una jubilada constatar cada una o dos horas cómo evoluciona el mundo. O cómo involuciona, todo depende de la noticia y del lugar.
No obstante, la realidad es que, de momento, tengo una selección considerable de ejemplares de papel y letra impresa que esperan mi veredicto. Y unas cajas abiertas que, una vez llenas, se convertirán en cofres de tesoros. Vuelvo a mirarlos. Imposible dejar estos de aquí: son los libros en francés que leí en la carrera; tampoco me es posible abandonar este tocho, Matar un ruiseñor, mi primer contacto, cuando era adolescente, con los prejuicios raciales, ni este, Los que vivimos, que tuvo la virtud de distraerme de la depresión que me produjo el desarraigo, ni este, ni este, ni este que…
Pareciera que cada uno tiene su historia que curiosamente coincide con la mía. Está decidido. Me los llevo. Podría reemplazarlos por ediciones nuevas, pero no sería lo mismo: los compañeros de vida no tienen sustitutos.