[EXTRACTO]

El costo de Cheney

George W. Bush ha empezado a trabajar en sus memorias. Cuente el lector hasta 10 antes de responder. Las autobiografías de los dirigentes políticos no son una forma literaria muy elevada. En primer lugar, pocos dirigentes escriben bien, aunque hay excepciones, como Nehru, Churchill y De Gaulle. En segundo lugar, esas memorias suelen ser poco cosa más que sartas de autojustificaciones intercaladas con listas de personas famosas conocidas durante la vida en la cumbre. En tercer lugar, se suelen escribir esos libros para recibir una gran suma de dinero, pero no entiendo cómo pueden los editores recuperar jamás los enormes anticipos de varios millones de dólares que conceden.

La buena noticia sobre el proyecto de Bush, hasta ahora carente de título, es la de que, al parecer, va a ser diferente del abrillantamiento de la reputación del autor. En lugar de comenzar por el principio de su presidencia, se centrará en las 20 decisiones más transcendentales que adoptó en la Casa Blanca. También se centrará en los momentos decisivos de su vida, como, por ejemplo, su decisión de dejar el alcohol y de elegir a Dick Cheney como su vicepresidente.

El problema de Bush no era una falta de inteligencia, sino la carencia más absoluta de curiosidad intelectual. Se limitaba a atrincherarse en sus prejuicios y el resto del mundo había de encajar en ese estrecho terreno. Entonces entró en escena Cheney. No cabe duda de que el de elegirlo fue un momento decisivo para Bush. ¿Se imagina el lector lo diferente que el mundo y las opiniones de la presidencia de Bush podrían haber sido, si hubiera elegido, por ejemplo, a Colin Powell o a John McCain como compañero de candidatura?

Lo que hizo Cheney fue alimentar los prejuicios de Bush y pasar a ocupar despiadada y enérgicamente el terreno de formulación de políticas dejado vacío por la indolencia del presidente y la falta de influencia política de la asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice.

¿En qué creía Cheney? Pensaba que Reagan había demostrado que los déficits fiscales no importaban. Creía en el capitalismo –o al menos en apoyar a las grandes empresas y a los ricos–, si bien resulta más dudoso que entendiera cómo deben funcionar los mercados libres conforme al estado de derecho. La ley nunca fue el fuerte de Cheney. Su influencia dio como resultado el sangriento desastre de Irak, la humillación moral de Guantánamo, “el submarino” y las “entregas extrajudiciales”, la desesperación de los amigos y el desprecio de los críticos, un desfile de doble rasero con uniforme de gala por todo el planeta. No es de extrañar que Bush considere la elección de Cheney una decisión tan decisiva. En política las ideas importan, y como Bush sólo tenía pocas y simplistas, se encontró con su programa modelado y dominado por su astuto substituto y adjunto. Eso fue lo que acabó fastidiándolo.

La presidencia de Bush fue desacreditada. “El costo de Dick Cheney”: tal vez ese debería ser el título de las memorias de Bush.


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