Los errores estructurales y el gasto excesivo provocados por las enormes distorsiones que desembocaron en el colapso financiero reciente siguen siendo un factor determinante que arroja sombras sobre el futuro inmediato de la economía, pese a los augurios optimistas de algunos “expertos”.
Las empresas financieras y otras que excedieron sus riesgos durante “la burbuja” y la bonanza, pese a su fracaso y a que no ofrecen auténticas perspectivas de crecimiento o éxito futuros, han sido premiadas con un derroche de generosidad que, sólo en Norteamérica, remonta billones de dólares (léanse trillones en inglés). Sin embargo, sus problemas estructurales de competitividad y de productividad son tan reales como antes.
El ajuste razonable que en otras épocas se producía con la quiebra de las empresas fallidas y su reemplazo parcial o total con otras empresas con una dinámica innovadora y grandes posibilidades de crecimiento, no fue posible porque el derroche se concentró en las primeras y olvidó a estas últimas.
Además, ese rescate de empresas fallidas, bancos e instituciones financieras irresponsables ha provocado la mayor alza presupuestaria de la historia, justo en los momentos de una baja abrumadora de los ingresos fiscales. Los gobiernos, empezando por el norteamericano, carecen de los recursos y los dólares necesarios para sufragar tan enormes gastos.
Las cifras de la Oficina Congresional del Presupuesto estadounidense publicadas a finales de agosto revelan que los cálculos anteriores del déficit presupuestario se quedarán cortos en 2 billones, si se mantiene el actual ritmo de gastos durante los próximos 10 años. El monto podría superar los 10 billones de dólares –sin incluir el costo de la reforma del sistema de cuidado de la salud propuesta por el presidente Obama– que adicionaría más de un billón de dólares más a la deuda.
Estos cálculos elevarían la deuda del producto interno bruto (PBI) estadounidense del 40% actual a cerca del 80% para 2019. Este nivel del 40% se alcanzó entre 1978–1985 debido a la política económica de la administración Carter, la cual se caracterizó por sus altísimos déficits presupuestarios, inflación y desempleo. La desde entonces denominada “estanflación” desembocaría en los déficits luego experimentados durante los primeros años de la Administración Reagan y que retardó varios años la recuperación económica.
Hoy, el desmesurado nivel de la deuda causada por los déficits de la administración Obama sólo dejan en años venideros dos desagradables opciones: 1. El aumento de al menos el 70% en los impuestos federales, o 2. Una reducción de los gastos presupuestarios de más del 40%. Una de estas soluciones o la combinación de ambas será indispensable en breve plazo para evitar una catástrofe mayor.
Los déficits encarecen también el servicio de la deuda a medida que los acreedores la encuentran más riesgosa, por lo tanto, el monto de los intereses que ya se pagan quedará opacado por el costo abrumador de más de 11 billones de dólares. No cabe duda de que los recortes deberían comenzar por reducir y eliminar muchos subsidios a empresas e industrias no competitivas y por la reorientación de los programas de estímulo a las pequeñas y medianas empresas con verdadero potencial de crecimiento.
Este tipo de reajuste presupuestario obligará a Estados Unidos –y otros países– a reducir temporalmente su nivel de vida hasta lograr un equilibrio entre gastos e ingresos. Para esto se requieren decisiones no políticamente correctas, pero indispensables. De lo contrario, estaremos repitiendo a nivel nacional el mismo error del usuario de tarjetas de crédito que sigue abriendo líneas de crédito que no puede pagar mientras puede conseguir más crédito para mantener el nivel de sus gastos, disfrutando de una riqueza que no tiene y desdeñando peligrosamente un abismo de insolvencia ante sus pies.
El resultado de la política actual será un alto nivel de inflación a medida que se deteriore el valor de la moneda que continúa poniéndose en circulación sin base económica alguna. Esto podría perjudicar a deudores y acreedores, provocando un verdadero derrumbe financiero mundial.