Llevo 21 día de cuarentena y estoy “tranquila” dentro de lo que se puede entre el caos que se vive. Mi salud mental no está al borde del abismo a pesar de que la nostalgia está siempre rondándome, el vivir con otras personas me ha salvado, son mi mayor red de apoyo en estos momentos, pero por más que diga que estoy “bien”, no dejo de pensar en todo lo que quisiera hacer cuando regresemos a la normalidad… pero, ¿qué es la “normalidad”?
La “normalidad”, es decir, la vida antes del Covid-19, era más que los amigos y familiares que extrañamos abrazar, más que las idas a la playa o las salidas a restaurantes. La “normalidad” también era la crisis que ya existía en el sistema de salud en el cual le reclamábamos a su personal cada vez que salían a protestar. La “normalidad” siempre fue la escasez de insumos, de camillas, salones de operaciones y aparatos de uso médico que necesitamos con tanta urgencia en los hospitales públicos del país. Hospitales, sea dicho de paso, han tratado de privatizar en infinitas ocasiones y que ahora son los únicos que pueden ofrecer a toda la población los servicios necesarios para que los pacientes enfermos de Covid-19 mejoren, ya que mientras todo esto ocurría las aseguradoras privadas han decidido no cubrir del todo estos tratamientos.
La “normalidad” también es la vida de aquellos trabajadores que viven el día a día, que trabajan o no comen y representan el sector informal de trabajo, también motor del país y del cual dependen familias enteras. También lo son los trabajos precarizados, aquellos que se veían con desprecio como si no fueran importantes, como los recogedores de basura, los despachadores de supermercados y sus cajeras, los repartidores a domicilio, y demás, que en estos momentos sostienen la frágil economía de nuestros países. La “normalidad” son trabajos esclavizadores donde trabajar más de las ocho horas sin cobrar tiempo extra era normal porque mejor tener trabajo y aguantar cuatro horas de tráfico diarias, a no tener en absoluto. Es saber que los salarios en Panamá no responden al costo de la vida, y donde es casi imposible independizarse sin poner tu vida bajo la letra de una hipoteca imposible de pagar por treinta años. Esto, es la “normalidad”.
También la “normalidad” es la violencia de género en la que cientos de personas viven con sus agresores, maltratadores y posibles femicidas. En la que ahora nos es evidente que nunca fue cuestión de donde estaban o cómo vestían las víctimas, porque si estaban en sus casas en cuarentena, en ese mismo lugar en en el que hemos asegurado que se puede estar seguro de evitar el Corona-virus, terminó siendo a su vez su condena a raíz del virus del machismo.
La “normalidad” es la pobreza, la precariedad de quienes viven sin agua, luz, comida o casa, y que ahora les importa a quienes siempre les ignoraron, porque sus vidas dependen de que ellos, los que mueren de hambre y salen a las calles en busca de respuesta, se mantengan al margen, en un lugar seguro, para que el virus no se siga esparciendo. Pero la “normalidad” hizo que por años fuesen ignoradas sus necesidades más básicas, la “normalidad” fue la que diéramos por sentada su existencia sin siquiera voltear a verles porque en la “normalidad” sus vidas no importan.
La “normalidad” son todo este conjunto de violencias y desigualdades estructurales, de las cuales puedo estar siendo muy simplista con mi descripción, y que esta crisis global ha destapado en su forma más cruda, poniendo en evidencia cómo la corrupción de nuestros Estados se ha robado nuestra salud, cómo la avaricia de las grandes multinacionales y bancos no cesa y son capaces de seguir explotando trabajadores, cobrando ganancias y pedir a los Estados que los “salven” con tal de no dejar de llenarse los bolsillos.
Yo no sé ustedes, pero esa “normalidad” no me parece normal, ni justa. No me parece que debemos estar aspirando a volver a la “normalidad” cuando la misma nos ha mostrado ser la base de la desigualdad que estamos viviendo. Si fuese por mí diría que es en estos momentos en los que debemos apostar por no regresar a la “normalidad”, y tal vez de esa forma tener un mundo donde haya justicia social, igualdad de oportunidades y respeto a la dignidad humana, en vez de exclusión y violencia.
Tal vez necesitamos ver más allá de todo lo que nos gustaría hacer al momento de llegar a la “normalidad”, y empezar a exigir cambios radicales en nuestros alrededores, porque nunca hubo nada de normal y justo en la realidad que vivíamos.
La autora es activista en Derechos Humanos y candidata a maestría en policy and inequalities (LSE)
