Puede ser que muchos europeos entendamos mejor a Obama que a los electores que acaban de arrebatarle la mayoría en el Congreso. Aunque no es entender el término adecuado. Por entendimiento que no quede. Además, ya se han encargado los analistas de explicarnos por activa y pasiva las particularidades de la política estadounidense y la manera que los ciudadanos tienen de concebir el Estado. Lo correcto sería decir que nos sentimos más cerca de sus ideas reformistas que de la resistencia al cambio de una sociedad que parece tener miedo a que le arrebaten su esencia.
Teniendo en cuenta las expectativas que Obama levantó también en Europa, ha sorprendido, y no poco, el varapalo recibido, aun dando por sentado que es una constante en Estados Unidos que las legislativas llamen la atención al mandatario en el periodo intermedio de su presidencia. Suele pasar en todas las democracias. Si nos sorprende es porque nos cuesta asimilar que algunas de las reformas propuestas, ya establecidas entre nosotros con buen resultado hace tiempo, tengan tanta resistencia.
Decir que nos gusta porque su mentalidad se asemeja a la europea sería un disparate. Barack Obama es producto de la historia e idiosincrasia de Estados Unidos, pero más universal y solidario en sus intentos que sus antecesores y lejos del anclaje al que pretenden atarlo los republicanos y especialmente el movimiento del Tea Party.
Da la sensación de que Obama le viene grande a una América profunda a la que le asusta la libertad. No la libertad individual que ya la tienen, ni la de expresión, ni siquiera la que se deriva de la fe en el progreso personal sin intervención de ayudas sociales. Me refiero a la libertad interior, que nos permite caminar sin la muleta de las creencias religiosas y especialmente de los prejuicios. A la libertad que nos impulsa a correr el riesgo de aceptar modos distintos de entender la vida. Paradójico en el país que fue cuna de las libertades, porque incluso las libertades hay que ponerlas al día. No es la economía en este caso, sino la evolución.
A mí los que me dan miedo son justamente los conservadores. Me aturde la confusión de sus planteamientos, ese no, pero en el fondo sí o viceversa: pregonan que no son racistas, pero creen que los inmigrantes vienen a quitarnos el pan y la sal, además de importar con ellos la violencia y la delincuencia. No se confiesan agoreros, pero vaticinan la Apocalipsis si el mundo sigue por unos derroteros que ni se molestan en entender, como el relativo a la ciencia médica que permitiría, por ejemplo, engendrar vidas para salvar vidas.
No niegan la espiritualidad, pero la atribuyen a experiencias religiosas, como si los que no las tenemos fuéramos tan solo materia bruta. Enarbolan la bandera de la libertad, pero se resisten a aceptar que los homosexuales tengan los mismos derechos que los hetero, y envuelven en truculencia las leyes sobre el aborto en un acto supino de hipocresía. Se burlan de los librepensadores y adoctrinan en iglesias y escuelas.
Hablando de conservadores, ha estado por España el fin de semana pasado su santidad Benedicto XVI. Ha visitado concretamente Santiago de Compostela y Barcelona. Entre seguidores fervorosos y curiosos con cámara en mano, ha tenido una buena acogida, aunque también ha habido protestas por el monto que a las arcas públicas ha costado la visita y por el boato de que ha estado revestida.
Sin embargo, lo más llamativo es que en el avión que lo traía de Roma, condenó la “laicidad agresiva” de la sociedad española y concretamente del gobierno, y comparó la situación con la España de los años 30, en época de la República. Al Pontífice le faltó completar el cuento. Lo dejó inacabado. La laicidad de la República y la libertad de pensamiento la fulminó el general Francisco Franco con su alianza dictatorial con la Iglesia católica.
Rodríguez Zapatero, aprovechando la clarita, se fue a Afganistán a visitar a las tropas españolas, pero ya ha recibido una andanada de críticas de la oposición. Es lo que tienen los conservadores. Que te pegan y no te dejan llorar.