Si los años 80 produjeron una “década perdida” en América Latina, seguida por otra de ajustes, la que llega a su término el próximo 31 de diciembre puede considerarse como parcialmente ganada.
En estos 10 años, dos rasgos contradictorios marcaron la evolución hemisférica: por una parte, un período de gran estabilidad y crecimiento económicos, que abrió enormes oportunidades para mejorar las condiciones de vida de la población; por otra, la coexistencia de la consolidación democrática y el surgimiento de un neopopulismo autoritario de izquierda, con raíces electorales, pero voluntad de imposición arbitraria.
Varios países exportadores de productos primarios (granos, carne, hidrocarburos y minerales) usaron la ventaja de sus altos precios internacionales para diversificar sus economías, mejorar la situación fiscal, generar competitividad y combatir la pobreza. Fue el caso de Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay. Para ellos, todos democráticos, ha sido una década ganada.
Otros, especialmente Venezuela y Argentina, desperdiciaron trágicamente la oportunidad, y perdieron.
El autoritarismo populista de nuevo cuño comenzó a guisarse con la primera elección de Hugo Chávez, en diciembre de 1998, pero se aceleró luego del torpe y fallido golpe de Estado de 2002. Con grados distintos, sus émulos son Humberto Ortega, en Nicaragua; Evo Morales, en Bolivia, y Rafael Correa en Ecuador; su gran extensión neocolonialista: la Cuba de los hermanos Castro, dependiente de los petrodólares de Chávez.
Sin embargo, tal corriente está lejos de constituir “la” tendencia política de la década. De forma simultánea se afianzaron opciones de izquierda democrática, institucional y responsable en Brasil, Chile, Uruguay y –según todo indica– El Salvador. Pero hay más:
Tras seis décadas de dominio del PRI, México inauguró la alternancia en el poder con la elección de Vicente Fox, en julio de 2000. Perú se deshizo de Alberto Fujimori y reactivó su vida política y económica, aunque con enormes deudas sociales.
La “seguridad democrática” de Álvaro Uribe cambió, para bien, la suerte de Colombia.
La solidez institucional se mantiene –con claros éxitos económicos – en Costa Rica y Panamá, que ya ha comenzado las obras para ampliar el canal. Paraguay, Guatemala y Honduras muestran inquietantes rasgos contradictorios. Haití sigue colapsado y Cuba sumida en una antihistórica esclerosis totalitaria.
Los disímiles avatares políticos y económicos no han doblegado las ilusiones y percepciones mayoritarias de la gente. Según la última encuesta hemisférica de Latinobarómetro, cerramos la década con apreciables incrementos en opiniones positivas sobre la democracia y la economía de mercado; con Barack Obama y Lula da Silva como los dos personajes hemisféricos más apreciados, y Fidel Castro y Chávez los peor evaluados.
Más allá de esos rasgos, la década muestra otras tendencias y hechos relevantes:
La llamada “guerra contra las drogas” solo ha tenido logros tácticos, no éxitos estratégicos. Se impone una revisión profunda.
Tras un largo período de quietud bélica, se ha abierto una peligrosa carrera armamentista. Venezuela, Brasil, Colombia y Chile son sus puntas de lanza, pero sus ecos los trascienden; los perjuicios, también.
La Carta Democrática de las Américas, aprobada en Lima el 11 de septiembre de 2001, ha tenido un pobre desempeño; lo mismo puede decirse de la OEA, inoperante en la crisis hondureña.
La influencia de Estados Unidos ha retrocedido; varios países han diversificado sus relaciones internacionales, y cada vez es más evidente que la “unidad” latinoamericana es ficticia.
El Mercosur, mientras más pretende ampliarse en funciones y países, más parece reducirse en eficacia y relevancia.
La Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) perdió a Honduras y luce incapaz de ganar otros miembros.
Con su muerte, el fantasma de Augusto Pinochet casi se ha esfumado de la vida política chilena; el de Castro todavía ensombrece a Cuba.
En el balance, por importancia y número, prevalece lo positivo. Pero queda el mal sabor de múltiples oportunidades desperdiciadas y vergonzosos enclaves de regresión, irresponsabilidad o despotismo. La ganancia ha dejado a muchos por fuera.