Los avances de la investigación en el terreno de lo que cabe considerar como la peor de todas las desdichas que amenazan al ser humano, el mal de Alzheimer, ponen el dedo en la llaga acerca de cuál es el sentido de los avances médicos. ¿De qué se trata? ¿De aumentar el grado de conocimiento acerca de las enfermedades? ¿De curarlas? ¿De prevenirlas, impidiendo que aparezcan? ¿De lograr una vida mejor y de más calidad durante esos pocos años en los que nos conservamos vivos? Se podría pensar que estamos hablando de objetivos que pueden colocarse de forma jerárquica, unos por encima de otros, en ese mismo orden.
Sin conocimiento empírico, poco se puede curar. Impedir que la dolencia aparezca es mejor que remediarla una vez que los síntomas surgen. Y, al fin y al cabo, de lo que estamos hablando es, si no de la felicidad, al menos del bienestar. Pero la duda aparece cuando un progreso en los peldaños inferiores lleva a que se tuerzan los objetivos más altos. Algo que está sucediendo ya cuando se habla del Alzheimer.
Se ha logrado identificar ya seis mutaciones genéticas que, de manera más que probable, están presentes en un número significativo (alrededor del 20%) de quienes desarrollan esa plaga capaz de convertir la vida del enfermo y de su familia en un calvario.
El mal de Alzehimer es el peor que cabe concebir porque destruye el sentido mismo de lo que es la naturaleza humana: la conciencia del yo, tal y como sabemos al menos que funciona en situaciones no patológicas. Padecer una demencia así lleva a perder la condición humana que más apreciamos. Pero por desgracia no se dispone de las terapias capaces de impedir, una vez detectado el riesgo, que la enfermedad se presente y avance.
En otras parcelas concomitantes al síndrome, como es la presencia de un nivel alto de homocisteínas, sí que se apunta un cierto beneficio en el uso de vitaminas para retrasar, al menos, el deterioro cerebral, por más que los estudios no sean aún concluyentes. Pero cuando hablamos de la presencia de cierta disposición genética... Estamos solo ante una amenaza aireada que se parece bastante a la crueldad: algo así como una sentencia sobre la que no cabe recurso.
En esas condiciones, ¿qué es preferible? ¿Saber que uno tiene una predisposición que puede llevarle a padecer el Alzheimer, siendo así que no cabe hacer nada al respecto, o permanecer en la ignorancia feliz durante el tiempo en que el mal no se haya siquiera manifestado —si es que aparece alguna vez? Optar por una u otra línea de preferencias es una cuestión que escapa al análisis científico para entrar en cuestiones de personalidad, carácter y dilema moral.
Está el que prefiere conocer los riesgos, por más que no sirva de mucho si lo que queremos es evitarlos. Hay quienes optan por aplicar la bendición de la ignorancia que, aplicada al momento en que hemos de morir, sea de lo que sea, parece evidente. Pero a tal respecto existe una clave que no cabe olvidar, por dura que sea. Los avances terapéuticos dependen de los avances en el conocimiento. Y una vez que se sabe algo, ¿tenemos derecho a ocultarlo?