Tanto la autonomía de la Universidad de Panamá (UP) como su centralización deben estudiarse con criterio de relatividad histórica. Es conveniente o inconveniente, posible o imposible, según el desarrollo cultural de cada país. En principio, simpatizo con la autonomía, pero me asaltan escrúpulos sobre la posibilidad de realizarla en Panamá y su conveniencia en esta etapa de nuestra cultura. Explicaré mis motivos. Primero, la autonomía administrativa de la UP es una consecuencia de la autonomía económica. En algunos países, sobre todo en Estados Unidos, se ha garantizado esta doble autonomía, debido a las donaciones y legados de capitalistas y asociaciones poderosas a las fundaciones universitarias, que les permiten desarrollar sus exigencias científicas y docentes sin recurrir al tesoro del Estado. Es dudoso que aquí se encontrarán tales capitales y personas que aporten en bien de la UP. Por esto, habría que descartar la hipótesis de la autonomía administrativa. El Estado debe seguir sosteniendo a las universidades oficiales. No siendo posible la autonomía económica, es difícil suponer una completa autonomía universitaria. Tampoco parece lógico ni razonable romper todo vínculo administrativo con el Estado, cuando se requiere mayor apoyo fiscal. Es humano que el Estado preste, con mayor interés y eficiencia, su apoyo fiscal a la UP cuando tiene un vínculo administrativo. Sería peligroso para la subsistencia de la UP sustraerle el carácter de servicio público preferencial para convertirla en un instituto privado, auxiliado por el Gobierno.
Pero, aun en el supuesto de que las razones de carácter fiscal no existiesen, me pregunto si nuestro medio social está preparado, ética y mentalmente, para mantener el decoro de una universidad absolutamente autónoma. Y entiéndase bien, estos reparos se refieren a un estado de nuestra ética y economía actual, por lo tanto, tienen carácter transitorio. No eliminan ni deben eliminar la cuestión de principio o sea la necesidad de prepararnos para la tan deseada autonomía. Pero es necesario saber discriminar entre las cuestiones de principio y las circunstancias de hecho; entre el fin y las diversas etapas que han de recorrerse para lograr ese fin.
Así, por ejemplo, el libre cambio, la autonomía individual absoluta y el libre juego de las capacidades productivas son ideales que todos anhelamos ver realizados; pero en el momento actual de la economía y de la evolución humana, se hacen precisos sistemas normativos diversos, como el proteccionismo y el intervencionismo del Estado en muchos de los campos que quisiéramos ver desembarazados de su acción.
El intervencionismo es una modalidad del Gobierno que responde a una etapa de la evolución política de los pueblos. Para volver al caso concreto de la autonomía de la UP, pienso que así como puede ser festinado el abocarse a una autonomía absoluta, ha llegado el momento de declarar cancelada la etapa de la absoluta sujeción de aquella al Estado.
Hay que desburocratizar la UP. Esto se logra cambiando las normas que rigen la provisión de las cátedras y de los órganos directivos; dando mayor injerencia a la UP (rectores, catedráticos, alumnos) en el gobierno de ella, lo que sería ya la autonomía relativa que hoy necesita.
