Cuando era niño y ya sabía leer, mi tía me regaló un libro. Fue mi primer libro. Claro que ya antes había tenido libros en mi mano; los de la escuela. En mi casa no había libros, pero mi padre coleccionaba revistas. Recuerdo el almanaque Escuela para todos, la revista Mecánica Popular, la revista Selecciones, la revista Vistazo. Eran las lecturas que había en mi casa. Pero el libro que me regaló mi tía marcó mi vida. Ahora lo reconozco, porque es como un estado mítico en mi memoria, algo tan nítido y fuerte que revive cuando yo quiero, puedo cerrar los ojos y ver a un Carlos Fong pequeñito, frágil como una hoja; puedo sentir aún la felicidad que provocaba ese objeto.
Ese libro era Pulgarcito. Yo no fui de esos niños prodigios que empiezan a leer novelas de Dumas, Crusoe o Stevenson; no comencé a leer enciclopedias o diccionarios enormes; yo inicié mis primeras lecturas con un cuento. En cierta forma fui víctima de ese cuento. Fui secuestrado por la imaginación. Estaba convencido de que un niño del tamaño de un dedo existía. A veces lo buscaba en mis zapatos o en las gavetas de la cómoda de mi mamá. Ahora entiendo la importancia del asombro que pueden tener las cosas en un niño.
La muerte también me asombró por primera vez desde las páginas. El primer muerto que yo recuerdo lo vi en un libro. Era una revista donde salía la noticia de un crimen, alguien que había matado a sus padres a martillazos. La noticia era una historia macabra y estaba ilustrada con las imágenes de unos ancianos tirados en un lecho de sangre. Eso me impacto, pero las imágenes de mi libro de cuento me llevaban a otro mundo que, aunque no era real como aquellos martillazos de sangre, para mí era una realidad donde era muy feliz.
Los libros siempre me fascinaron. La misma tía que me regaló el libro estaba estudiando para ser arquitecta. Sabía dibujar y además tenía algunos libros que, tiempo después, yo me los quedé. Algunos eran de una tal Reina Torres de Araúz. Yo no sabía quién era esa señora, pero me gustaba el nombre porque así, casualmente, se llama mi tía. Conservé por mucho tiempo esos libros de mi tía Reina, hasta que, muchos años después, supe quién era Reina Torres. Yo seguí amando mi libro de cuento, pero un día llegó una tragedia, porque para mí fue una tragedia: el libro desapareció.
Ahora reflexiono y sé que no supe cuidar mi primer libro. Él me cuido a mí por mucho tiempo. Yo lo traicioné al descuidarlo. Tal vez mi primer libro de cuentos me cuidó en los años de una infancia de muchos conflictos, otros problemas que no son los de hoy y que para mí eran grandes problemas. Mi libro me cuidó de no crecer sin imaginación. Mis primeros personajes los creé desde mi imaginación de niño. Ahora sé que un libro puede cuidar a la gente. Pero, ¿cómo un libro puede cuidar a una persona?
Un libro nos puede cuidar de muchas cosas. Tal vez parezca que exagero. ¿Te puede cuidar de una bala, de un virus?, me podría decir alguien. La magia, el milagro de leer, es que la lectura nos enseña en primera instancia a cuidar. A mí leer me enseñó a cuidar mi pensamiento. Cada vez que leí quería saber más y hoy día sigue sucediendo porque el aprendizaje es constante en la vida. La lectura me enseñó a cuidar mi entorno, la naturaleza y sus criaturas. Me enseñó a cuidar las palabras, a quererlas y ponerlas en un frasco en mi corazón; también aprendí el poder de las palabras.
Y cuando uno tiene conciencia de esa palabra: cuidar; descubre que puede tomar mejores decisiones que nos permitan construir mejores relaciones, a trabajar por ese mundo que es posible, pero que cuesta en medio de tanto consumo y de tanto egoísmo. Para mí, la lectura y los libros pueden ayudarnos a saber cuidar lo que realmente hace falta en estos tiempos de gran turbulencia. Cuando aprendemos a cuidar al otro, estamos cuidando a la sociedad. Si cuidamos a los niños, y hablo de cuidarlos más allá de darles comida, ropa y techo, sino también cuidar su espíritu, su intelecto, su imaginación, y esto lo puede hacer algo tan sencillo como leer un libro; así estamos cuidando la cultura, el país y los derechos.
Pero el libro también necesita que lo cuiden. En términos de políticas culturales públicas, el libro y la lectura necesitan que les devuelvan la mirada; que esos espacios donde los libros habitan, que se llaman bibliotecas, sean visibles y lugares dignos de encuentros ciudadanos transformadores. Desde la educación podemos cuidar de la lectura y los libros cada vez que los acercamos con dignidad a aquellos que los necesitan. Devolver la mirada al libro para cuidarnos de no perder la imaginación, que es el primer paso para construir.
El autor es escritor
