Cuando se tenga la perspectiva suficiente para analizar con objetividad este principio de siglo, los estudiosos del comportamiento humano se centrarán en dos acontecimientos: el desplome del sector financiero mundial y el caos producido en Europa por la erupción del volcán islandés Eyjafjalla, nombre tan difícil para la fonética de las lenguas románicas, que los presentadores de noticias en televisión se referían a él como “el volcán de nombre impronunciable”.
No es que los recientes terremotos de Haití, Chile o China hayan tenido menos importancia. Han sido catástrofes en las que se han perdido muchas vidas, pero desde el punto de vista sociológico, hemos seguido un patrón previsible y conocido: conmoción primera, movilización internacional, profusión de ayuda que llega a cuentagotas o no llega, y después… nada, el silencio en los medios mientras el auxilio se canaliza de modo más organizado y más anónimo, anonimato que solo rompe la muerte. Como la de los cuatro militares españoles que llevaban a cabo labores de ayuda en Haití.
El desplome del sector financiero y la expansión de las cenizas volcánicas por los cielos europeos, que paralizaron el tráfico aéreo por casi una semana nos pillaron sin embargo por sorpresa y dejaron al desnudo la fragilidad de nuestro sistema de vida y de las instituciones que la rigen. Y sobre todo las falsedades en las que se asientan.
Paso de soslayo el tema financiero por irritante y por trillado y pongo proa al Eyjafjalla. Confieso que he seguido su evolución con un poco de cinismo. El volcán ha resultado ser todo un descubrimiento. Calladito allá en el norte durante dos siglos, ignorado, y de repente se despierta y ejerce las funciones de Dios.
El supremo les puso una dura prueba a los pasajeros que creían morir del cansancio, pero que soportaron una semana en la terminal de un aeropuerto sin posibilidad de ir a parte alguna. Las pruebas son para los elegidos. O para los que necesitan alguna lección de humildad, como los miles de ejecutivos varados cinco días en París o Londres, cinco días perdidos en una agenda tupida, urgente, imprescindible y estresante: reuniones, consejos, firmas… la oficina se hundirá sin mí –pensarían algunos– pero nada se había hundido a su vuelta. Los designios de los dioses son inescrutables.
Bendita seas desgracia si vienes sola, se ha dicho una Unión Europea sumida en crisis y obligada a gestionar un caos inesperado que ninguna de las tecnologías modernas era capaz de detener. Tú que no puedes, llévame a cuestas. Pérdidas, críticas, desorganización, un aeropuerto que abre y otro que cierra. Burocracia estúpida que exige visa para un cambio de ruta, hijos y amigos perdidos en lugares remotos, maridos que no vuelven a casa con causa justificada por una vez, picaresca de los que pretenden sacar partido y quejas de las aerolíneas que al parecer preferían el riesgo de sus pasajeros al descenso de sus ganancias.
Tal vez el dios Eyjafjalla quería que ante la adversidad hubiera unidad y se incentivara la imaginación. Miles de personas se las han arreglado como han podido o con el auxilio de sus gobiernos, como el de Reino Unido que recogió a centenares de ellos en barcos, pero mi cinismo alcanzó su punto álgido cuando destacaron la noticia de que el Barça viajaba heroicamente a Milán en bus acondicionado y que los jugadores hicieron noche en Cannes en un hotel de cinco estrellas. La superficialidad de este mundo, de la que no hago responsable a Guardiola ni a Messi, sino a los medios, bien merece la ira del Olimpo. Encima, y después del arduo esfuerzo, perdió ante el Inter, lo que lamento de veras. Eso es otra cosa.
Es indudable que todo esto pasará y que nada habremos aprendido. Es una advertencia más que plasma genialmente en El País el caricaturista El Roto. Por encima de la humareda del volcán, se lee: “La tierra hacía señales de humo, pero ya no quedaban sioux que las pudieran interpretar”. Y así vamos. Atropellando. Extinguiendo. Orgullosos de nuestro ciego progreso.