La guerra contra Gaddafi es legal, humanitaria y necesaria. A la vez, es inusual e incomoda para Estados Unidos (EU) porque tiene décadas sosteniendo dictaduras y monarquías en Medio Oriente, armándolas y entrenándolas, valorando el petróleo sobre todas las cosas.
Ahora Medio Oriente quiere saborear la democracia y el estado de derecho que EU supuestamente promueve. También hay extremistas alérgicos a toda influencia norteamericana, ansiosos por el poder. Al promover una imagen opuesta a las incomodidades que la influencia norteamericana les causó, el pueblo los confunde con una solución, sin darse cuenta de que canjean cáncer por sida. Latinoamérica es experta en estos canjes.
En la política exterior norteamericana debería existir una simbiosis, fría y estratégica, entre defender principios y promover intereses. A lo largo del último siglo, EU se ha dejado seducir por sus intereses (y fuerza militar), traicionando sus principios de forma descarada, como una superpotencia inmadura. Como resultado, fomenta nacionalismo, populismo, extremismo, y desconfianza a su modelo político y económico en los países que ha manoseado fuertemente. EU tiene que revertir esta tendencia para prevenir su declive.
La tecnología, admirable acceso a información en EU y la globalización, irónicamente han facilitado comparar la retórica con la realidad; destapando enormes contradicciones. Intenta dar la impresión de que sus actos militares son nobles, mientras le es servil a los intereses de un grupo pequeño que domina su complejo militar.
Si examinamos la política exterior motivada por intereses, encontramos que desde 1900 EU ha tenido 50 conflictos militares internacionales complementados con actividades clandestinas conllevadas por la CIA. La misión inaugural de la CIA fue un golpe de Estado en Irán en 1953 (Operación Ajax) para remover al presidente electo Mossadeq, quien amenazaba los intereses petroleros de EU.
En Irán, la CIA financió demostraciones contra el primer ministro Mossadeq, creando la imagen de un líder comunista ateo. Para despertar el extremismo islámico bombardearon a un líder musulmán prominente, culpando a Mossadeq. Radicalizaron a los islámicos. Restauraron la monarquía sumisa a Norteamérica liderada por el shah Reza Pahlevi. Los medios de comunicación norteamericanos declararon que los iraníes habían defendido heroicamente su soberanía contra invasores comunistas. En realidad, fueron invadidos y conquistados.
La CIA remplazó a Mossadeq con el general Zahedi, un fascista que intentó crear un gobierno pro-nazi. EU compensó el golpe, entregándole $73 millones al consolidar el poder y facilitarle petróleo a EU.
Ojalá Irán fuera un caso histórico y aislado, pero es el modelo operativo vigente en el Medio Oriente y África para EU y lo fue con Latinoamérica por varias décadas. Manuel Noriega fue el último líder latinoamericano de la guerra fría aliado convertido en enemigo: dictador militar traficante de drogas y empleado de la CIA desde 1967 hasta que dejó de obedecer a Norteamérica en 1989.
Esta política de títere o enemigo norteamericano ha contribuido a la polarización del hemisferio, donde, como reacción perversa, elegimos déspotas autoritarios con promesas nacionalistas que empobrecen.
Desde 1953 se le atribuyen más de 40 intervenciones a la CIA, con cerca de 24 golpes de Estado que frecuentemente reemplazan a un presidente democráticamente electo, con un dictador que vele por los intereses norteamericanos.
La fórmula suele ser la misma: desinformación mediática para desacreditar al líder, seguida por una operación militar clandestina que parezca ser una lucha local en busca de los valores norteamericanos.
La política exterior basada en defensa de principios ha sido caracterizada por la inacción del Departamento de Estado. La serie de genocidas que ocurrieron durante el siglo XX revela una política de hacer caso omiso. Ejemplos de esto se encuentran en Camboya, Irak, Sierra Leona, Darfur, Bosnia, Rwanda y Kosovo. Resultado: casi un millón de muertos en la última década del siglo pasado.
Incluso, EU ha patrocinado genocidas: Guatemala (década de 1950), y el sureste de Asia (1960-1970). La falta de ímpetus para intervenciones humanitarias radica en que no hay cabildeo detrás de principios, mientras que está bien organizada la venta de armas a dictadores y extracción de petróleo.
EU siempre trata de llevarnos a la misma conclusión: los tiranos como Mubarak, Hussein y Noriega, quienes ahorcan libertades, destruyen instituciones y aplastan valores democráticos, empobrecen a sus países. Insinúa que fracasaron por no emular a EU. Frecuentemente, estos déspotas son producto directo de la política exterior de EU; no estarían en el poder sin su apoyo. Los líderes que hoy vilipendiamos fueron entrenados militarmente y financiados económicamente por EU. Lo más trágico es que con el abuso de poder, EU desacredita su modelo de economías libres, democracia y estado de derecho. Es preocupante. Realmente es el mejor modelo socio-económico.
Los ciudadanos de Siria, Yemen y Bahrein están igual de ansiosos por ser libres, y son asesinados por expresar su deseo. Hay más tiranos corruptos y asesinos subsidiados por la “ayuda externa” de EU: Guinea Ecuatorial, Chad, Camerún, y Etiopia. Serán desapercibidos por CNN, pero son ollas de presión. Libia está obligando a la política exterior norteamericana a ser menos contradictoria. El Medio Oriente exhibe su inconformidad con la mano de hierro de Estados Unidos que: previene representación democrática, ahorca libertades económicas, cultiva corrupción y premia a tiranos sumisos con ayuda externa. La era de dictadores sumisos está terminando. Difícilmente surgirá un arco iris pro-estadounidense al otro lado del conflicto.
EU necesita aprender a no reaccionar con un impulso militar infantil impune ante una tentación económica cortoplacista. No para santificarse, para prevenir una caída precipitosa.