“Cuando China despierte el mundo se estremecerá”, había dicho Napoleón. China parece que empezó a despertarse del sueño de la historia y de la pesadilla del comunismo a comienzos de la década de los años 80 del siglo pasado y lo que hizo fue ponerse a crecer económicamente a un ritmo no igualado por ningún otro país durante tanto tiempo, porque la carrera continúa.
Lo hizo con un capitalismo sui géneris, envidia de otros subdesarrollados autoritarios que quisieran la zanahoria sin soltar el palo. El palo es un régimen nominalmente comunista, con partido único que pretende una continuidad inconsútil con sus fuentes marxistas–leninistas y hasta una cierta rehabilitación de la figura de Mao, contra el que se levantó el original híbrido que es el sistema actual.
Nada es fácil de explicar en ese extraño conglomerado, pero la persistencia de la pata política del despótico régimen que tantas vidas costó la justifican sus responsables en términos de estabilidad, considerada como una condición necesaria para el progreso económico, cuyos éxitos son tan visibles, pero de manera menos cacareada más, mucho más importante, como un requisito indispensable para la supervivencia misma de China.
En su milenaria historia el inmenso país ha tenido muchos momentos de descomposición y las, de otra manera, incontrolables tensiones de la salida del comunismo y del crecimiento desbocado, con la exacerbación de las desigualdades, podrían dar al traste con la unidad del Estado. Tras este razonamiento práctico se ocultan los intereses de la oligarquía que a través del partido gobierna el país, beneficiándose de sus éxitos económicos, y la incapacidad de encontrar otra forma de legitimación que no los destruya a ellos mismos y socave la sacrosanta estabilidad contra la que se volverían si sintieran la amenaza de verse desposeídos.
Nada garantiza, claro está, que este equilibrio pueda mantenerse indefinidamente y no hay ningún atisbo de que los que tienen la sartén por el mango piensen en la evolución de todo el tinglado.
El despertar económico lleva aparejado el renacimiento de antiguas reivindicaciones y la ambición a un papel internacional conmensurable con su nueva situación. La antigüedad en China se mide en miles de años y esa viejísima historia nos dice que en todas las fases de unidad y esplendor el imperio interno ejerció una efectiva hegemonía en toda el Asia oriental y suroriental. Los líderes actuales son conscientes de lo poco vendible que es esa reivindicación actualmente y eluden declaraciones hirientes, dejando que las realidades del poder dejen sentir su peso de manera eficaz.