Barack Obama no imaginó que el combate contra la peor crisis económica y financiera de la últimas décadas adoptaría estas características: el presidente apeló en las últimas semanas una y otra vez a actuar con firmeza por encima de intereses partidistas. Pero luego entró en contacto con la realidad del gobierno. Su programa multimillonario para reactivar la economía provocó primero un derrumbe generalizado en las bolsas mundiales. Al día siguiente, el paquete logró superar la rivalidad entre demócratas y republicanos en el Congreso solo con recortes.
La dificultad que experimentó el mayor programa de rescate desde la Segunda Guerra Mundial para superar el rechazo de los republicanos demostró “que las ambiciosas incitaciones (de Obama) a un cambio en la forma de gobernar chocaron en pocas semanas con el partidismo”, según Richard Stevenson, comentarista de The New York Times.
Muchos simpatizantes de Obama se preguntan ahora qué ocurrirá cuando el presidente intente llevar adelante reformas delicadas y con implicaciones ideológicas en cuestiones como sanidad, política medioambiental o energías alternativas.
Obama se vio obligado a admitir fuertes concesiones en el paquete, que finalmente tendrá un monto de 789 mil millones de dólares. Las ayudas no serán tan altas como esperaba ni para las clases altas, ni para los estados con problemas presupuestarios ni para la renovación de escuelas, pero el presidente no dejó por ello de afrontar la adversidad con buena cara y agradecer con gentileza a diputados y senadores. Y la prueba definitiva aún está pendiente: el propio Obama sostuvo que el criterio para medir el éxito o el fracaso del plan sería su incidencia en el mercado de trabajo, donde ya se perdieron 3.6 millones de empleos desde el comienzo oficial de la recesión en diciembre de 2007. En este sentido, el monto del programa es insuficiente para muchos economistas si se toma en cuenta la dimensión de la crisis. Y al mismo tiempo, el joven gobierno comenzará su gestión incurriendo en un enorme déficit presupuestario.
El éxito parece cualquier cosa antes que seguro en el otro frente importante abierto por la crisis: la sequía del mercado de crédito. Dos días después del hundimiento que produjo en las bolsas la presentación del plan, los mercados bursátiles siguen por los suelos. El escepticismo del sector sigue siendo demasiado grande.
El secretario del Tesoro , Timothy Geithner, y el propio Obama no ocultan que, aun cuando sus intenciones sean las mejores, el plan podría no funcionar como se espera. “Intentaremos cosas que no se hicieron jamás”, advirtió Geithner. El nuevo gobierno ya lo sabe con certeza: la crisis está aún lejos de haber sido superada.
