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Educación: derecho y no concesión

Educación: derecho y no concesión
Más de 140 mil estudiantes de premedia y media de escuelas oficiales vuelven a clases presenciales. LP Agustín Herrera

¿Fuiste uno de los que no se tuvo que esforzar por ir a la escuela? Quizás entre tus intranquilidades estaban madrugar y dormir menos que en vacaciones o la cartulina que olvidaste comprar y que debías llevar al día siguiente. Si ese fue tu caso, fuiste muy afortunado.

Y mientras algunos recuerdan las excusas que inventaban para faltar a clases, hoy, decenas de miles de niños, niñas y adolescentes (NNA) en Panamá se ven afectados por dos años en los se vieron obligados a estar fuera de las aulas escolares. Muchos tuvieron que dejar sus estudios, castigados de forma injusta, al no tener los recursos que les permitieran conectarse virtualmente a clases como lo podían hacer sus compañeros. Son NNA quienes , al igual que nosotros, no pidieron una pandemia. Tampoco pidieron nacer en entornos en los que experimentan la parte más sombría de la desigualdad, inevitablemente ampliada a medida que crecen sin oportunidades de una formación adecuada. El impacto de esta inequidad es contraproducente. Nuestro presente y futuro depende en gran medida de la preparación que tenga nuestra niñez y adolescencia. En consecuencia, el daño no sólo afecta a un grupo puntual de la población, sino que lo paga toda una nación. Es más grave aún tratándose de educación, un derecho humano fundamental y habilitante.

Durante los últimos dos años, la brecha entre quienes tuvieron mejores oportunidades de aprendizaje versus quienes no pudieron acceder a una educación de calidad, sólo se amplió, pese a los esfuerzos realizados. Y aunque el impacto de este desfase puede ser poco evidente en un futuro cercano, en los próximos años es muy probable que sea ostensible su efecto. Dependerá de las decisiones que se tomen hoy y de la celeridad con que se apliquen acciones eficaces.

Por ningún motivo se deben interrumpir las clases. No son una opción las mismas prácticas coercitivas de siempre, como la suspensión de clases como medidas de presión. Es irreverente y egoísta la sola idea de permitirnos paralizar o suspender antojadizamente las jornadas escolares. Los momentos en los que nos encontramos nos obligan a actuar de forma diligente, inteligente y prudente. Nuestra prioridad inmediata en materia educativa es asegurarnos de recuperar el tiempo perdido durante la pandemia.

Los estudiantes panameños hoy son beneficiarios o víctimas inocentes de quienes toman decisiones que pueden tanto afectarles cómo favorecerles. Aunque muchos no tengan una idea definida de qué es lo mejor para ellos, confían en que quienes administran la Cosa Pública lo hagan inspirados en pilares como el bien común y el desarrollo humano.

El rol del Estado en el tema no ha cambiado. Sin embargo, en la práctica, muchas veces es cuestionable la manera en que actúan los tomadores de decisiones y los ejecutores de las políticas públicas. Lo responsable es ofrecer garantías de procesos de nivelación y oportunidades de aprendizaje de forma eficaz y equitativa. Y la preocupación no debe ser cosmética, ni mucho menos, consecuencia de exigencias o de coerción. Las tareas educativas deben ser ejecutadas indistintamente haya o no un clamor popular.

Mientras tanto, el núcleo de la educación panameña ha de estar centrado justo en nuestros estudiantes. Son el centro y la razón de ser de nuestro sistema educativo. En consecuencia, toda acción debe ser planificada e implementada en función de mejorar la gestión, la inversión y la formación docente en aras de que una educación equitativa y de calidad sea una realidad para cada NNA.

No ignoremos las consecuencias gravísimas que supone no atender de forma adecuada las circunstancias actuales, producto de estar tanto tiempo ausentes de las aulas presenciales. Tampoco perdamos de vista el compromiso que tenemos de construir una sociedad más justa para todos, a través de la equiparación de oportunidades.

Que lo último que hagamos sea olvidar lo afortunados que somos de haber podido estudiar, de prepararnos, de tener sueños y metas en la vida. Es a lo que aspiramos en Jóvenes Unidos por la Educación: que cada NNA tenga las oportunidades que nosotros tuvimos. Es lo mínimo que esperamos que tenga cada estudiante panameño. Algo diferente es inaceptable.

El autor es periodista y miembro de Jóvenes Unidos por la Educación


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