Se acabó 2019, y habría que hacer algún tipo de balance sobre lo que fueron esos 365 días que, afortunadamente, ya son historia.
Si tuviéramos que resumir el año en nuestro planeta azul en una sola palabra, me parece que una de las que resumirían mejor el sentir de nuestra especie sería: “cabreo”.
Si buscamos en el Diccionario de la Real Academia el significado de la palabra, encontraremos la tradicional: “Acción y efecto de cabrear”. Inmediatamente, buscamos cabrear, y encontramos la mejor de las acepciones para lo que trato de resumir como el sentimiento predominante en los últimos doce meses: “Enfadar o poner de mal humor a alguien”.
En la implementación de ese cabreo, no hay duda que algunos líderes mundiales han demostrado una habilidad particularmente especial. Siempre menciono como prototipos de esta especie a Rodrigo Duterte en Filipinas y su plan de permitir que la gente mate a los narcotraficantes sin mediación de ley alguna; a Jair Bolsonaro en Brasil, implementando su agenda ultraderechista, así sea necesario para lograrlo exterminar a los gays, a los ateos y a toda la vegetación de la Amazonia brasileña, que él considera debe utilizarse para hacer hoteles e industrias. A estos, se ha sumado Boris Johnson, que se ha propuesto sacar a su país de la Unión Europea, sin importarle un pepino las consecuencias que eso pudiera tener en la economía y la vida no solo de los ingleses y los europeos, sino del resto del mundo. Y claro, todos estos, dirigidos por el troglodita que gobierna Estados Unidos desde hace tres años. Una de las cosas más patéticas que han podido llegar a la presidencia del país que supuestamente era visto por muchos como el ejemplo de la democracia y la institucionalidad. Este tipo parece levantarse todos los días viendo a quien puede insultar o echarse de enemigo. Para eso, insulta personalmente desde esposas de presidentes, hasta opositores políticos y asesores de su propio gobierno. Los libros que se han escrito sobre él coinciden en que es un individuo impredecible, tremendamente inmaduro, maleducado y arrogante, que dice cualquier barbaridad sin tomar en cuenta las posibles consecuencias. En fin, un completo desastre.
Pero ese “cabreo” a que me refiero no solamente afecta a dirigentes, sino que ha permeado a la población en general. Durante el año que terminó hace unos días, la constante en los cuatro puntos cardinales han sido las protestas contra el sistema, principalmente por parte de una generación de jóvenes menores de treinta años, que ve en la desigualdad social la principal razón de indignación contra el status quo. Desde los chalecos amarillos en Francia, los jóvenes de Hong Kong y su radical oposición a las leyes de extradición, las protestas en Irán y Yemén contra los gobiernos totalitarios, las protestas de los kurdos en Turquía y, mucho más cerca a nosotros, las revueltas en Chile y las protestas en Bolivia y Colombia, nos demuestran cómo la gente está harta de lo que viven diariamente, sin esperanzas positivas de cara al futuro.
Pero, mientras todo esto ocurre, para muchos se hace muy cómodo enarbolar las ideas setenteras de que todo es culpa de los comunistas y que la solución está en aplicarles “mano dura” y resolver todo a palos o a tiros. Incluso, se llega a escuchar un preocupante desprecio hacia el simple concepto de defender los derechos humanos, porque se obstaculizan las medidas necesarias para apaciguar las protestas y “volver a la normalidad”. Una “normalidad” que, simplemente, sigue siendo la causa de la indignación y la inconformidad de quienes salen a la calle a tratar de cambiar las cosas.
Y en nuestro Panamá, no estamos ajenos a estos sentimientos. Si bien no hemos llegado aún al nivel de Chile o Europa, hace un par de meses fuimos testigos de cómo protestas organizadas por muchos de esos despreciados millenials lograron detener la discusión de las reformas constitucionales. Así que, aunque en menor grado, la sensación de inconformidad, y las formas de organización que han revuelto el resto del mundo, ya los tenemos aquí.
Y así, llegamos al nuevo año. Año bisiesto, año olímpico (ya en Panamá algunos ganaron oro), año de elecciones en Estados Unidos y año en que, en tres días, Trump y los iraníes nos tienen al borde de quien sabe qué clase de enredo global. Aunque en cinco días no se pueden hacer predicciones muy precisas, todo indica que tendremos un año entretenido. Si estos salvajes no acaban con todos antes...
El autor es cardiólogo
