A lo largo de mi vida profesional, he estado más preocupado por tratar enfermedades, atender a mis pacientes y hacer investigación buscando nuevos tratamientos, y muy poco por entender las consecuencias del cambio climático y cómo nuestras acciones van a comprometer el futuro de nuestros hijos y nietos. Y no es que esté listo para dejar mi automóvil a partir de mañana e ir al trabajo en bicicleta, o convertirme en vegano para disminuir mi huella de carbón, pero ha llegado el momento de aportar, aunque sea un poco (o bastante) tarde, a este problema global. Este artículo es un primer paso.
Hace unos días se publicó el último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). En éste, los científicos explican claramente la innegable asociación causal entre las actividades humanas y el calentamiento del océano, la atmósfera y la superficie terrestre. La ciencia es clara sobre la causa de este proceso: la acumulación de gases de efecto invernadero (GEI), como el dióxido de carbono, el metano y otros.
La escala de estos cambios no tiene precedente desde que se documentan los fenómenos climáticos y con lo revelado por los estudios de paleo-climatología. En los últimos 10 años, por ejemplo, la temperatura superficial global ha aumentado 0.99ºC en comparación con la temperatura durante los últimos 50 años del siglo XIX. El nivel del mar a nivel global está subiendo a una tasa acelerada: aumentó de 1.3mm/año entre 1901 a 1971, a 3.7mm/año entre 2006 a 2018. Una velocidad de aumento 2.85 veces mayor. En el 2019, los niveles de CO2 atmosférico estaban en el nivel más alto en al menos los últimos 2 millones de años.
Y esto no es sólo una preocupación para el futuro. El cambio climático inducido por los humanos está afectando el clima actual con fenómenos extremos en muchas partes del planeta. Las noticias están repletas de huracanes y ciclones tropicales inusualmente fuertes, inundaciones y sequías sin precedentes, sumadas a olas de calor con temperaturas récord. Sin embargo, el futuro se ve aún peor con el anticipado aumento en 1.5º a 2.0º C de la temperatura global antes que termine este siglo. Las consecuencias de este fenómeno son múltiples y el impacto sobre la vida en la tierra puede ser devastador.
Algunas de estas consecuencias incluyen aumento en la frecuencia e intensidad de temperaturas extremas, olas de calor oceánicas, aumento en la precipitación, acidificación del océano, sequías que afectarán la agricultura y la ecología, reducción en el hielo del ártico y elevación del nivel del mar.
El cambio climático está afectando y va a afectar inevitablemente la salud de los seres humanos, pues incide directamente en los determinantes sociales y ambientales de la salud, como el aire limpio, el agua potable, la seguridad alimentaria y una vivienda segura.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre 2030 y 2050 el cambio climático causará unas 250,000 defunciones adicionales cada año, debido a la malnutrición, el paludismo, la diarrea y el estrés por calor. El aumento en la temperatura superficial global aumentará el rango geográfico de vectores de enfermedades, como los mosquitos que transmiten el dengue y la malaria. Las temperaturas extremas del aire contribuyen a la mortalidad por enfermedades cardiovasculares y respiratorias, sobre todo entre las personas de edad avanzada. Los incendios forestales cercanos a ciudades y la contaminación ambiental aumentan la severidad y mortalidad de enfermedades virales, incluyendo a la Covid-19.
Más del 50% de los seres humanos vive a menos de 60km de la costa. Un porcentaje importante de ellos necesitará desplazarse por el aumento en el nivel del mar, contribuyendo al ya grave problema de las migraciones con todas sus consecuencias negativas sobre la salud física y mental. Por supuesto que los países de escasos recursos o donde la corrupción y la inestabilidad política se traducen en sistemas sanitarios y de bienestar social rudimentarios, sufrirán las consecuencias del cambio climático con mayor severidad.
La parte más dura del informe del IPCC es que, aún implementando las medidas más eficaces que reduzcan a cero las emisiones de los GEI, las consecuencias adversas seguirán más o menos inalteradas por 20 años o más. Por supuesto que la incompleta reducción de la emisión de GEI dará lugar a consecuencias que no se revertirán en siglos.
¿Qué podemos hacer ante tan difícil escenario? Este es un problema complejo que el mundo tiene que resolver de manera global. En primer lugar, como país y como individuos, debemos empezar a prepararnos para mitigar las consecuencias. Es evidente que las mismas serán inevitables. En segundo lugar, debemos convertirnos, dentro de nuestras posibilidades y habilidades, en activistas de esta causa. Hay que estudiar, divulgar, apoyar y comprometernos. Muchos de nosotros no viviremos lo suficiente para ver las peores consecuencias del cambio climático, pero con seguridad nuestros hijos y nuestros nietos sí. Nuestra generación y las dos o tres anteriores hemos generado y somos responsables de este desastre. Como dijera el expresidente Barack Obama: “Somos la primera generación en sentir el cambio climático y la última generación que podrá hacer algo por ello”. Pero mi reflexión favorita está en un proverbio de uno de los pueblos originarios de Norteamérica: “Nosotros no heredamos el planeta de nuestros ancestros; lo tomamos prestado de nuestros hijos”. A ver en qué condición lo devolvemos. Estamos contra el tiempo. La inacción no es una opción.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas


