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Justicia penal

El círculo vicioso en la resocialización

De muchos es sabido que los menores que ingresan a las pandillas en los barrios populares provienen de hogares desintegrados donde, incluso, los padres son delincuentes y están pagando condenas. Muchos de estos menores han sido abusados y maltratados desde pequeños en sus hogares y no conocen otro lenguaje que la violencia física y psíquica. La pandilla proporciona al menor un refugio y una especie de familia alternativa. Los menores delincuentes son absorbidos por las pandillas en edades muy tempranas y si en su casa no hay valores positivos sólidos, estos menores empiezan a incursionar en el mundo del crimen siendo muy jóvenes. También la actividad pandilleril vinculada al tráfico de drogas y sicariato proporciona retribuciones económicas muy tentadoras que no son fáciles de romper tomando en cuenta las condiciones de pobreza en que orbitan muchos de estos menores. Sin embargo, el problema se agudiza cuando los gobiernos miran este tema como un asunto coyuntural y meramente discursivo para sus intereses políticos. Tomemos en cuenta los siguientes aspectos que constituyen una especie de círculo vicioso que, de no romperse, seguirá alimentando la existencia de pandillas en los barrios populares, sobretodo.

1.La delincuencia no se puede atacar frontalmente sin tomar en cuenta la situación de pobreza y abandono de muchos barrios pobres en Panamá. Tampoco se podrá detener usando paliativos, como los subsidios a pandilleros. Los menores que en su mayoría son desertores escolares necesitan reinsertarse en el sistema de una manera más innovadora y pedagógica, así como también con la esperanza de que la educación le proporcionará beneficios más seguros en la forma de ganarse la vida.

2.El aumento de las fuerzas policiales y la creación de “Grupos élites” para atacar el crimen tampoco es la solución. Los organismos de seguridad manejan la información sobre quiénes son los distribuidores de droga y jefes de pandilla, pero, curiosamente, sólo detienen a los consumidores y personas de nivel medio o bajo en la jerarquía de las organizaciones criminales. El negocio de la droga genera muchos millones y es una tentación para grandes empresas lícitas que buscan la forma de estructurar una fachada legal para captar dichos millones. No es de extrañar que detrás de un jefe de banda exista un empresario muy reconocido en la sociedad.

3. El actual sistema de “acuerdos de pena” pareciera que busca reducir los gastos al Estado de lo que implicaría mantener cifras elevadas de reclusos en las cárceles. Los menores delincuentes saben que por cometer homicidios la pena no excede los doce años. También saben que guardar una conducta “aceptable” dentro de las cárceles e insertarse de forma oportunista en los programas educativos y talleres técnicos les pueden acarrear una rebaja de la condena.

4. Cuando el menor delincuente ingresa a los centros de custodia y cumplimiento lo primero que hace es buscar aliados para hacer más llevadera su estancia y no perder la comunicación con el mundo exterior. Dentro de las cárceles hay funcionarios “tutores” que sobreprotegen al menor delincuente ante cualquier situación adversa. Las llamadas “mamás pechonas”, que son especies de madres sustitutas en los centros penitenciarios que adoptan una postura de cariño nocivo hacia el menor. De tal suerte que si el menor delincuente manipulaba a sus padres consanguíneos fuera de las cárceles, dentro de estas sigue manipulando a directores de centros, custodios y funcionarias técnicas etc…

5. Cuando el menor sale de los centros de custodia no se les brinda un seguimiento efectivo para que se aleje de los actos delictivos. La pandilla lo espera para nuevas asignaciones y mira su estadía en la cárcel como un rito de iniciación. Dentro de las cárceles, los menores homicidas y pandilleros tienen más rango que el ladrón común y esta situación le vale respeto a lo interno de los centros penitenciarios. Existe un 25% de menores que vuelven a delinquir y pisan nuevamente los centros de cumplimiento. Incluso, cuando son mayores de edad , entonces exploran su estadía en las cárceles para adultos.

6. Los centros de custodia y cumplimiento son solo espacios para pasar un “rato” y aprender nuevas técnicas de crimen. Con la ayuda de los beneficios que reciben gracias a una justicia mal orientada en la cual el menor delincuente goza de muchos beneficios mas no así las víctimas. Estos delincuentes aprenden pronto que dentro de los centros de custodia y cumplimiento hay otra familia sustituta aguardando por ellos.

La ola de delitos cometidos por los menores, lejos de disminuir, tiende a aumentar y con agravantes. Los homicidios son cada vez más perversos y bajo los efectos de drogas alucinógenas. Los menores delincuentes que tienen una baja estima de su vida, tampoco la descartan hacia sus víctimas. Mientras los eslabones de este círculo del crimen no se rompan o reestructuren seguiremos “lloviendo sobre mojado”, como dice la canción.

El autor es sociólogo y docente panameño


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