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El médico como activista de bioética

Cada vez que algún individuo siente la presencia de una regulación, se incomoda y denuncia una ofensa a su libertad, a su autonomía, a la justicia que se le debe. Este sentimiento se exacerba cuando puede dar pruebas que odiosos privilegios de variada índole discriminan el cumplimiento de tales regulaciones.

La libertad, que poco se conoce aún se estime, es el bastión para muchas luchas, incluso las callejeras. Y, no pocas veces, se abusa de ella y del concepto. Ayer, “no a las mascarillas”, “no al encierro”, “no a las vacunas”, fueron todas arengas que se originaron allende nuestras fronteras, atendiendo a la libertad de expresión y, sospechosamente, a despropósitos contra la ciencia. Se hicieron al calor de falsificaciones y delirios para confundir y rechazar información científica. Es un juego entre mi libertad, para yo vivir a mi manera, y la libertad, para yo convivir con otros. La retórica de la libertad merece cuidadosa reflexión.

En urgencias de salud pública, se debe lograr un balance entre el cuidado de la salud individual, centrada en el paciente y los deberes centrados en el público, en un marco ético que promueva la igualdad moral de las personas y la equidad en la distribución de riesgos y beneficios. El deber de la atención de la salud, en situaciones de emergencia pública, no tiene por qué alejarse del deber fundacional de la profesión médica que obliga a no abandonar al enfermo (fidelidad), aliviar el sufrimiento y respetar sus deseos. En situaciones de crisis públicas, como durante la pandemia, el médico tiene que producir cambios en su práctica, priorizar las necesidades de la comunidad sobre las individuales, particularmente cuando hay limitación de recursos y escaso compromiso genuino, para combatir iniquidad y discriminación.

La persistencia de incertidumbre, la proliferación temprana e imprudente de data incompleta e insuficiente, la difusión de tablas y gráficas manipuladas con intenciones perversas y las opiniones agresivas e inoportunas, sin entender el alfabeto científico, se juntaron todas para crear confusión, retrasar y desviar la atención médica, acelerar el curso nocivo de la enfermedad y exponer activamente a la muerte, a personas como nosotros. No hubo ni hay dudas de que validó y valida aquello de que “la medicina nos pide tomar decisiones perfectas con información imperfecta”. Entonces, el médico contó con una nueva tríada: planear para manejar la incertidumbre, proteger a las poblaciones vulnerables y al personal de salud, y conducir sobre los estadios del cuidado de la crisis: el cuidado estandarizado de probado beneficio y el cuidado novedoso, con pobre prueba de seguridad y eficacia.

Todos notamos cómo se ignoran y se ignoró, por un lado, las ciencias y, por el otro, se hace y se hizo docencia sobre el método científico; cómo se recurre y se recurrió a la anécdota individual y a la alquimia, en una forma de receta de cocina y, entre otros, se exigió probar la evidencia de la eficacia y la seguridad. Aquí tuvo la oportunidad de devaluarse aquel popular axioma: “lo que no mata, no engorda”.

Por todo ello, no fue infrecuente escuchar con desagrado que a los “negacionistas” de la ciencia y a los “antivacunas” contra la Covid-19 -que no son los mismos que los no vacunados- se les pusiera en fila para esperar la atención de la enfermedad; que los ventiladores para la falla respiratoria no se les facilitara, por delante de otros que estaban vacunados; que el propósito de las salas de cuidados intensivos no fuera modificado cuando se copara su capacidad de recursos físicos y humanos; que la comunidad no fuera responsable por los costos del cuidado hospitalario de quienes faltaron al deber de cuidar su salud. Este enfrentamiento, propio de una ecuación binaria, nos despertó de una pesadilla no sospechada: el gran riesgo de esta pandemia ha sido la dificultad para vivir en comunidad, con empatía como sociedad humana.

Sin una forma “correcta” de vivir entre y con otros, no hay la posibilidad de vivir con justicia, con autonomía ni con libertad y mucho menos en democracia. Es necesario entender que todos los individuos de una ciudad necesitamos legítimamente unos de los otros. Esto es un imperativo ético, más que legal.

El cuidado de la salud, además de un deber, es también un derecho. Respetar ese derecho es compartir su carácter de deber, de lo correcto, de su determinante moral y ético. Tan pronto un paciente entra en un hospital es un paciente, no importa cuál ha sido su comportamiento anterior; no tiene color, aunque se le note; su elección por la falsedad se le conoce, pero se ignora. Cuando ingresa es para cuidarlo con los conocimientos e instrumentos, cuya evidencia de eficacia y seguridad ha sido probada, sin otro privilegio que el de ser persona, donde todos los individuos se rasan para proponerles las mismas oportunidades. Ese ser humano que entra en un hospital, no tiene historia delictiva, no importa cuántos delitos haya cometido contra la vida y la seguridad de otros, mucho menos, su historia antisocial de mentiras, burlas y conspiraciones no dicta la práctica médica ni la calidez del cuidado.

No importa cuán tóxicas sean las circunstancias sociales o los despropósitos para sembrar caos, odios, resentimientos. Las mujeres y los hombres de la medicina, se tienen que erigir como los que producirán los cambios para corregir las disparidades en la salud, mediante un activismo ético permanente. Como ha señalado lúcidamente Karola V. Kreitmair: “La ética médica, diferente de la filosofía pura, no está bien servida, si permanece en un mundo de condicionantes”.

El autor es médico pediatra y neonatólogo


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