[TERRORISMO]

Para empezar el año nuevo

La tarea de Obama es dejar en claro que en temas de inteligencia la línea de mando termina en el Presidente y en su delegado, en este caso, el director nacional de inteligencia.

Afortunadamente, el fallido intento del joven terrorista nigeriano Umar Farouk Abdultallab durante un vuelo de Ámsterdam a Detroit este 25 de diciembre no tuvo consecuencias fatales. Y esto fue así, gracias a que la oportuna intervención de algunos pasajeros y miembros de la tripulación impidió que se consumara la inminente tragedia.

No obstante, el incidente complica la larga lista de asuntos serios que demandan decisiones urgentes del presidente Barack Obama. Al mismo tiempo, la ofensiva política de los republicanos, encabezados por el siniestro ex vicepresidente Dick Cheney le exige también dar respuestas puntuales a sus frívolas acusaciones. En la política las percepciones pueden pesar tanto o más que los hechos.

Pero empecemos por lo sustantivo, subrayando que no basta con asumir la responsabilidad por las evidentes fallas humanas y sistémicas en el aparato de seguridad nacional que propiciaron el incidente como ya lo ha hecho Obama. Lo que se espera del comandante en jefe de las fuerzas armadas son directivas firmes que obliguen a las 16 agencias encargadas de velar por la seguridad nacional a coordinar sus bases de datos y a actuar con prontitud.

Lo que sucede en la práctica es que cada una de estas agencias funciona de manera autónoma y nadie tiene autoridad sobre todas ellas. En este sentido, por ejemplo, a la Agencia Central de Inteligencia le corresponde hacer el acopio de la información de inteligencia pertinente mientras que al Buró Federal de Investigaciones le toca investigar y perseguir a quienes representan un peligro real a la seguridad nacional y el Departamento de Estado tiene el poder para decidir a quién se le otorga una visa legal para adentrarse en el territorio nacional. Pero dada la manera en la que fue diseñado el puesto de la oficina del director de inteligencia nacional, este no tiene la autoridad necesaria para obligar a dichas agencias a compartir datos de manera rápida y eficaz.

Ni John D. Negroponte (el primer director de la oficina en el 2005) ni su sucesor, John Michael McConnell, ni Dennis C. Blair han tenido nunca el apoyo del Ejecutivo para ejercer su autoridad por encima del director de la CIA o del FBI. La tarea ineludible de Obama es dejar en claro que en temas de inteligencia la línea de mando termina en el Presidente y en su delegado, en este caso, el director nacional de inteligencia, la persona que cuenta con los datos que le suministran las 16 agencias y tiene, por ende, una visión panorámica del problema en cuestión.

El incidente de Navidad y la certeza de que al menos dos de los ex prisioneros de Guantánamo que fueron repatriados por la administración de George W. Bush a Yemen son quienes hoy dirigen las operaciones de Al Qaeda en ese lugar, deben forzar al Presidente a repensar el prometido cierre de la prisión en Guantánamo y la repatriación de más yemenitas que si no eran terroristas cuando fueron aprehendidos, confinados y torturados, en el momento en que sean puestos en libertad seguramente se unirán a Al Qaeda para combatir a EU.

El tercer problema real ya ha sido resuelto conforme a derecho. La decisión del presidente Obama de acudir a un tribunal federal para presentar cargos contra el nigeriano Abdultallab, en vez de definirlo como “combatiente” y confinarlo a un tribunal militar o enviarlo a otro país para hacerle confesar mediante la tortura ha sido justa, correcta e inteligente.

Desafortunadamente, la dirigencia republicana ha optado por tratar de sacar ventaja política del incidente acusando a Obama de no entender la gravedad del asunto. En el colmo del paroxismo, un ex gobernador republicano llegó al extremo de acusar al Presidente de haberse “distraído” con la reforma sanitaria, la economía, el calentamiento global, en vez de concentrarse exclusivamente en el tema del terrorismo. ¿Acaso pensarán Cheney y sus eunucos que así recuperarán el Congreso? En todo caso, a Obama le corresponde responder a cada una de estas acusaciones republicanas recordándole a la ciudadanía la responsabilidad de la administración Bush–Cheney en este caso específico.


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