[DE CARA A LAS ELECCIONES]

Por algo se empieza

Las palabras de Hillary Clinton en apoyo a las reformas económicas llevadas a cabo por el Ejecutivo español han sido interpretadas como un espaldarazo de despedida.

Habrá sido casualidad, porque las agendas de la gente importante se planifican con tiempo y obedecen a razones que se escapan al ciudadano medio, pero el caso es que Hillary Clinton se dejó caer por España el fin de semana pasado, en visita oficial, tres días después de que se celebrara en el Congreso el último debate sobre el Estado de la Nación al que asistió Rodríguez Zapatero como Presidente. Cuando se dé el próximo, dentro de un año, el inquilino de La Moncloa será ya otro. Por eso, justamente, las palabras de la secretaria de Estado en apoyo a las reformas económicas llevadas a cabo por el Ejecutivo han sido interpretadas como un espaldarazo de despedida. No en vano Zapatero se decidió por las reformas –en abierta contradicción con los postulados socialistas– tras una conversación con Obama que se unió a las presiones de la Unión Europea. O viceversa.

Le falta poco, pero el Presidente no se va aún. El periodo veraniego ralentiza la actividad política, especialmente la parlamentaria, y hasta el otoño no sabremos si las elecciones generales, planificadas en un principio para marzo de 2012, se adelantarán unos meses. Poca cosa, a pesar del empeño apocalíptico del Partido Popular que no ve la hora de salvar a España de las garras del maligno, es decir, de hacerse con el poder.

Mientras el calor nos sumerge en un letargo añorado durante los fríos meses del invierno, la campaña electoral, si bien no oficialmente, se ha puesto en marcha. Por parte del PP no hay sorpresas. Con Rajoy como candidato y su habitual estrategia de descalificaciones lanzadas al aire sin pruebas ni demandas formales, pero que ahí quedan, poco tendrán que hacer para ganar.

Por parte del PSOE, sin embargo, hay alguna novedad, tímida e incipiente, pero novedad al fin. Alfredo Pérez Rubalcaba, vicepresidente del partido y ministro del Interior y único candidato para sustituir a Zapatero, comienza a presentar sus cartas, que, curiosamente, se barajan con algunas de las quejas de los indignados del 15-M. Rubalcaba, astuto y de refinada inteligencia, no da puntada sin hilo.

Como es sabido, el movimiento juvenil descolocó en un principio a las fuerzas políticas que no sabían a qué bando quedarse. Su carácter pacífico, sus verdades contundentes sobre la banca y el sistema financiero, y sobre todo su denuncia de que los partidos, una vez en el poder, se olvidan de representar los intereses del pueblo que los eligió, lograron poner en entredicho un sistema democrático sustentado en las urnas.

No pasó mucho tiempo para que se produjeran los primeros intentos de destruirlo: infiltrados violentos; “errores” que mostraban manifestaciones de jóvenes griegos en batalla feroz contra la policía en vez de jóvenes españoles; órdenes de jefes de redacción para que los cámaras y fotógrafos se fijaran especialmente en los más desharrapados y tatuados, etc., etc. Alfredo Pérez Rubalcaba ha hecho dos guiños significativos a los indignados: en primer lugar, se ha enfrentado a los bancos y les ha echado en cara que concedieran hipotecas con tan alto nivel de riesgo. Bueno es recordar que en España no existe la figura de la dación en pago por la que el banco se queda con la vivienda y el hipotecado libre de la deuda. Aquí se pierde la casa y se mantiene la deuda.

En el último Consejo de Ministros se estableció un límite inembargable en los ingresos de los deudores y las entidades bancarias pusieron el grito en el cielo, a pesar de que la medida es tan solo un paliativo. Si en el reproche se entrevé un gesto con los indignados es porque estos, aparte de las denuncias contra el sistema, han impedido en diversas ocasiones el desahucio de algunas familias que quedaban literalmente en la calle.

En segundo lugar, en un intento por formar un proyecto que saque al PSOE del pozo donde está metido, ha pedido a los secretarios regionales que permitan participar al mayor número de sectores sociales posibles con el fin de que un tercio de los participantes no pertenezca al partido. Más claro no canta un gallo.

¿Argucias electorales? Sin duda, pero por algo se empieza.


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