En la foto de la contraportada del libro más reciente sobre la obra de Enrique Jaramillo Levi (Colón, 1944), este aparece con un abrigo, bandolera cruzándole el pecho y, mirando a la cámara, camina por una especie de túnel formado por libros que me parece que lleva, con toda seguridad, hasta el centro mismo de su monumental obra narrativa, poética y ensayística.
Mucho le debemos a Enrique Jaramillo Levi pero de todas ellas, a parte de su obra cuentística, es su búsqueda de los motivos de la escritura y de cuáles son los resortes del oficio de escribir. Una búsqueda que no solo ensaya por escrito sino que concreta en sus talleres y diplomados que han descubierto muchas de las nuevas voces que van pidiendo espacio en nuestras letras.
Hablar con Jaramillo Levi es emprender el camino por ese túnel de la foto. Piensa en letras, en microficciones (minificción prefiere él), piensa en cuentos, en poéticas, en poesías, en ensayos, se sigue preguntando de que rayos va esto de escribir, abre caminos, estudia y lee con detenimiento a otros, va agigantando su legado. Abre puertas a otros.
Este año de sus setentaicinco años, es un buen momento para volver a su literatura. Como digo siempre, Jaramillo Levi es más que un promotor cultural o aquel que abre puertas y dirige una revista literaria: es uno de los grandes escritores de Hispanoamérica y de nuestro país, es un sabio literario, un maestro del oficio.
Celebro otro texto más que destaque su obra y que la acerque al común de los panameños. Su legado es un hito literario, es el de uno que habita la escritura y que lleva su pulsión narrativa hasta sus últimas consecuencias, convencido de que la única forma de vivir el oficio de escribir es no dejando de desafiarse, trabajando por dejar espacios abiertos para los que vamos detrás de él siguiéndole de cerca por los senderos retorcidos de las letras panameñas.
El autor es escritor
