Los ex presidentes, lejos de reconocer sus errores, suelen defender las decisiones que tomaron mientras tenían el poder. Por eso las declaraciones de Bill Clinton sobre el “error” que cometió con Haití cuando era presidente llaman tanto la atención. Reconoce que se equivocó y ahora está tratando de corregirlo. “Fue un error”, me dijo recientemente el ex presidente durante una entrevista en Miami.
Se refería a la presión que él y otras naciones ejercieron en 1994 contra el recién restituido presidente haitiano Jean Bertrand Aristide para que permitiera la importación de arroz con tarifas muy bajas. Esto acabó con una buena parte del sector agrícola en Haití, muchas familias perdieron sus tierras, y la acción generó hambruna. Haití pasó de ser un exportador de arroz a ser un importador.
“Estaba mal”, reconoció Clinton. “Todos estábamos equivocados”.
Sí, era más barato traer arroz de Arkansas que producirlo en Haití. Pero eso dejó a muchos haitianos sin trabajo. El remedio resultó peor que la enfermedad.
Clinton ahora está a cargo de la coordinación de la ayuda internacional a Haití tras el terremoto de una magnitud de 7 grados en la escala de Richter del 12 de enero pasado que causó más de 200 mil muertes. Y quiere cambiar las cosas.
“Le voy a pedir a todos los donantes que ayuden a que Haití sea autosuficiente respecto de su comida”, afirmó Clinton.
El ex presidente de 64 años no dijo que el tratado de libre comercio con México y Canadá (TLC, o Nafta) que él firmó hace 16 años, también fue un error. Pero cuando le comenté que muchas tortillas mexicanas ahora se hacen con maíz norteamericano, reconoció que “a menos que tengas tus inversiones listas, vas a perder más de lo que vas a ganar. Estábamos equivocados”.
Sin embargo, Clinton salió a la defensa del actual presidente mexicano Felipe Calderón y su política en contra del narcotráfico. “Admiro a los mexicanos”, dijo. “Están tratando de hacer lo que los colombianos hicieron”.
Cuando Clinton aún era presidente en 1997, firmó con México una alianza contra las drogas. Pero desde entonces la situación ha empeorado. Más de 22 mil personas han sido asesinadas por la narcoviolencia desde que Calderón asumió el poder en 2006.
Las rutas de las drogas, explicó Clinton, pasan ahora por México. Y los narcotraficantes mexicanos están comprando sus armas del otro lado de la frontera en Estados Unidos. “Pueden venir a Estados Unidos”, aclaró Clinton, “y comprar rifles calibre 50 u otras armas de asalto”.
“Es una tragedia”, concedió. “Pero no podemos decir que México es un Estado fallido. Todavía están haciendo las cosas correctamente”.
Cuba ha sido otra de las preocupaciones constantes de Clinton en América Latina.
Sus intenciones de un mayor acercamiento con la isla se derrumbaron cuando Fidel Castro ordenó el ataque en 1996 a dos avionetas del grupo los Hermanos al Rescate, formado por exiliados cubanos. Cuatro personas murieron.
La esposa de Clinton, Hillary Clinton, la actual secretaria de Estado, dijo el 9 de abril pasado que “es su convicción personal que los hermanos Castro no quieren ver el fin del embargo ni la normalización de relaciones con Estados Unidos”.
Clinton está de acuerdo con la observación de su esposa. Cree que el gobierno cubano debería, primero, sacar de las cárceles a los prisioneros políticos, y luego permitir mayor libertad política, económica y social.
“Estoy muy agradecido por lo que Cuba ha hecho con Haití”, dijo. “Pero si ellos quieren demostrar que Hillary está equivocada, lo único que tienen que hacer es cambiar sus políticas. Las Damas de Blanco (que protestan contra la dictadura, exigiendo la liberación de sus esposos, disidentes encarcelados) tienen razón”.
Por sus esfuerzos para mejorar las condiciones en Haití, México y Cuba –y el reconocimiento de equivocaciones en el pasado– el ex presidente está demostrando que, muchas veces, se puede ser más honesto y efectivo fuera de la Casa Blanca que dentro de ella. O, quizá, eso sólo lo puede hacer alguien llamado Bill Clinton.