Casi una semana después de que el espanto, la muerte y el pánico regresaran a Palestina, el ejército israelí reconoció las bajas de tres de sus soldados. Se trataba, de acuerdo con la versión oficial, de una especie de accidente fortuito: un tanque disparó contra sus propias tropas. Los portavoces de las Fuerzas Armadas calificaron el episodio como “un error”. Uno bien comprensible: en el caos de la guerra urbana, casa por casa, donde no existe frente digno de tal nombre ni posibilidad alguna de distinguir de manera absoluta entre los contendientes, que se produzcan víctimas a causa del fuego amigo es algo con lo que se cuenta de antemano.
Es de suponer que hasta se realicen cálculos acerca de cuántas de esas bajas se producirán en un día o una semana. Se trata de algo parecido al concepto de daño colateral, eufemismo bajo el que se esconde la certidumbre de que habrá víctimas civiles, y muchas, porque cuando se bombardea, cuando se dispara desde los tanques e incluso cuando se combate en las calles no hay forma alguna de limitar los daños a los soldados o guerrilleros, incluso dejando al margen lo sutil de esta última figura.
Los errores se dan por asumidos y, por ende, preocupan muy poco al alto estado mayor de cualquier ejército expedicionario. Olvidémonos, pues, de los soldados israelíes y los miles de víctimas palestinas para ir a los errores profundos: aquellos que no forman parte de la parafernalia del caos sino que proceden de los análisis políticos y militares de la situación. La pregunta más pertinente a tal respecto es la del sentido que tiene la operación de castigo a Gaza, ¿cuáles son sus objetivos estratégicos y aun tácticos, cómo se enmarca en la geopolítica bien frágil del Medio Oriente y a quién beneficia?, en suma, lo que está sucediendo. Pues bien, resulta muy difícil imaginar que nadie en su sano juicio pueda creerse que el balance dentro de una semana, un mes o un año vaya a ser el de la desaparición de Hamas, el final de los atentados terroristas y la paz entre palestinos y judíos. Si la guerra de Afganistán, con apoyo decidido de la Organización de las Naciones Unidas y presencia de varios ejércitos, se está perdiendo; si salir del avispero de Irak es el único objetivo aún viable, ¿cabe entender que alguien con la talla intelectual suficiente como para ser ministro israelí no sepa eso mismo, ni sea capaz de sacar las conclusiones obvias?
La pregunta debe ser otra. ¿Habrá gente capaz de emprender una guerra con abundancia de errores y daños colaterales no para ganarla, que eso es imposible, sino con otros fines? Y, de ser así, ¿será el de hacerse con el poder –o mantenerlo– un objetivo tan atrayente como para justificar las matanzas? Que unos fanáticos, amparados por su religión, provoquen atentados suicidas es lamentable pero se comprende. Lo tremendo en términos digamos intelectuales, olvidando tanta desolación y muerte, es que desde el criterio tenido por superior del estado de derecho se cometan errores como el de Gaza.
