El represor suele ser torpe. Y la mayoría de las veces, loco. Después de todo, la inteligencia no es solo la capacidad de aprender y analizar sino de prever las consecuencias de nuestros actos, y la represión, a la larga, le sale mal al que la ejerce.
Los grandes tiranos que en el mundo ha habido han pagado caro sus desmanes, y aunque algunos, como Franco o Pinochet, hayan muerto pacíficamente en sus lechos respectivos, han quedado en la memoria colectiva como seres oscuros y odiosos.
No es posible el control absoluto. Ni en la familia, ni en la sociedad ni en la política. Siempre hay fisuras por donde el oprimido intenta respirar.
A grandes males, grandes remedios: el hijo de padres autoritarios recurre a la mentira para hacer creer que obedece mientras inhala un poco de aire fresco; el librepensador se escabulle de las convicciones que el medio le impone, y los pueblos echan mano de la rebelión aunque en ello les vaya la vida.
De nada le ha servido al gobierno chino la censura de los medios de comunicación, incluidas las redes, para ocultar que el Premio Nobel de la Paz ha sido concedido al disidente Liu Xiaobo. Todos nos hemos enterado, incluidos los chinos. Sin embargo, el daño que la represión causa es irreversible. Fortalece a espíritus de hierro, esos que hacen historia, como Xiaobo, pero debilita al común de los mortales, que unas veces nos sometemos por humana precaución, y otras vemos impotentes cómo pasa el tiempo y se pierden generaciones enteras a las que se les niega el don de la libertad.
Pienso en las generaciones rusas o en las cubanas que crecieron bajo el totalitarismo y que no conocieron otro modo de existencia. Quizá, incluso, llegaron a pensar que ese otro modo no existía. En las argentinas y chilenas que sufrieron los regímenes militares con todo lo que acarrearon de muerte y tortura, y pienso en la mía, la generación de españoles que creció bajo el régimen franquista, ignorantes de educación democrática y que aún hoy, habiendo superado lo humanamente superable, arrastramos resabios de dictadura: miedo a la libertad, prejuicios y complejos de culpa que nos inocularon en vena padres, educadores, religiosos y políticos. Dichosas las generaciones jóvenes, libres de adoctrinamientos.
Porque “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos (…)”.
Entre las muchas definiciones de libertad que han formulado escritores y pensadores, me quedo con la que la conceptúa como la facultad de elegir, lo que implica un proceso continuo, siempre inacabado, de raciocinio.
Y hablando de libertades, debo confesar que mi escepticismo sobre la gestión de Ricardo Martinelli, presidente de Panamá, data del momento mismo de su postulación. Su figura de empresario prepotente caminando en las zapatillas del pueblo me parecía tan falsa y demagógica como su programa, prendido con alfileres y sin cambios sustanciales. Sin embargo, no me atrevía a aguar el entusiasmo y la esperanza de los panameños, a la vez que comprendía que la alternativa de Balbina Herrera no era viable. En mi último viaje a Panamá, en octubre de 2009, no había aún acumulado el poder que tiene ahora, un año después, en los tres órganos del Estado, aunque ya apuntaba maneras detestables, que se ha apresurado en redondear.
La condena a Sabrina Bacal, directora de TVN, y del reportero Justino González representa el estancamiento propio de los regímenes opresores, esos mismos que causan daños irreversibles a generaciones enteras y empantanan a los países en el marasmo del subdesarrollo. Por ahí se empieza a cercenar la libertad. Sin embargo, Martinelli se ha dado el gusto de usar su libre albedrío para decretar un indulto.
Qué magnánimo. La misma generosidad que emplea para adjudicar proyectos sin licitación. En su torpeza olvida que ser dueño de un supermercado no lo convierte en dueño de Panamá. Defraudar a un pueblo que lo eligió libremente y depositó en él la ilusión de un cambio es imperdonable. Le pasará factura. El panameño ha encontrado siempre la fisura no solo por donde respirar, sino por donde aspirar a la libertad que merece.