Esta semana se cumplen cinco años de la purga forzosa de judíos en la franja de Gaza. En la operación pacífica más grande de la historia del ejército israelí, 50 mil efectivos militares fueron desplegados para expulsar a 9 mil residentes aproximadamente, así como destruir las 21 comunidades pioneras donde algunos de ellos habían vivido durante casi cuatro décadas (cuatro comunidades del norte de Samaria, en la ribera occidental, también fueron evacuadas).
Esta expulsión orquestada por el Gobierno de Israel, entonces dirigido por Ariel Sharon, fue llamada “separación”. El nombre implicó, y la mayoría de los israelíes así pareció creerlo, que al retirarse completamente de Gaza ya no estarían atrapados en una relación disfuncional con los hostiles y en ocasiones violentos árabes de Gaza.
“¿Qué habremos ganado destruyendo comunidades prósperas, dividiendo a la sociedad israelí y amargando a algunos de nuestros ciudadanos más idealistas?”, escribió en ese entonces Yossi Klein Halevi, un meditativo comentarista israelí, en The Jerusalem Post. “La ganancia más obvia es lo que perderemos: nos estaremos librando de más de un millón de palestinos”, consideró.
Muchos israelíes y numerosos partidarios de Israel en el ámbito internacional creyeron este razonamiento, persuadidos, tal vez, por la visión general del gobierno de Sharon sobre las bendiciones que emanarían de un acto tan radical de auto limpieza étnica. “Será bueno para nosotros y para los palestinos”, pronosticó entonces el viceprimer ministro Ehud Olmert, quien pocos meses después sucedió a Sharon. “Traerá más seguridad, protección, mucha más prosperidad y mucha alegría para toda la gente que vive en Oriente Medio”, consideró Olmert. “Rezaba para que con la separación, un nuevo amanecer de gran esperanza emergerá en nuestra parte del mundo”, y para que los israelíes y palestinos, juntos, convirtieran Oriente Medio en lo que estaba destinado a ser desde el principio; “un paraíso para todo el mundo”.
Si algo de esto hubiera llegado a pasar, el trauma y destrucción de la expulsión de Gaza hubiera sido justificable. De hecho, la separación fue un fracaso rotundo, un desastre de pies a cabeza. Fue vista por la mayoría de los palestinos no como un acto valiente de buena voluntad e invitación a la paz sino como una retirada bajo fuego, como el repliegue israelí del sur de Líbano cinco años antes. Por tanto, no llevó a menos terrorismo sino a más, conforme los militantes palestinos expandieron su arsenal de cohetes, armas y explosivos y lanzaron miles de ataques fronterizos hacia Israel.
Lejos de fomentar la moderación palestina, la separación vigorizó a los irredentistas más extremistas y malévolos de Gaza. Cinco meses después de la salida de los residentes judíos, Hamas arrasó en las elecciones de la Autoridad Palestina; un año después, se apoderó completamente de Gaza, derrotando a Fatah en una salvaje guerra civil. El fruto de la separación no fue el nuevo amanecer de gran esperanza imaginado por Sharon y Olmert y por sus incontables partidarios de Occidente.
En cambio, fue una erosión del respeto por la fuerza y poder de disuasión israelí. Fue la Segunda Guerra de Líbano de 2006 y la guerra Israel–Hamas que empezó a finales de 2008. Fue el atrincheramiento de Irán, a través de sus clientes Hamas y Hezbolá, en las fronteras del norte y sur de Israel. Fue la quema de sinagogas en Gaza y el desperdicio de sus famosos invernaderos. Fue el secuestro de Gilad Shalit, quien ha sido rehén en Gaza durante más de cuatro años. Fue la mayor denigración de la reputación internacional de Israel. Fue el empobrecimiento de los palestinos de Gaza bajo la dictadura fundamentalista de Hamas.
La mayoría de los israelíes que respaldó la separación ahora expresa arrepentimiento. Pero muchos siguen bajo el yugo de la ilusión del proceso de paz la quimera de Oslo de que la paz con los palestinos puede alcanzarse vía diplomacia, concesiones y transferencia de tierras. No es así, e Israel y sus amigos deben empezar a decirlo. En lugar de profesar interminablemente su disposición a negociar y su apetito por una solución de dos Estados, Israel debería decir la verdad: “la paz nunca será posible con partes” que se rehusan a aceptar la permanente legitimidad de la soberanía judía en Oriente Medio.
La separación fue una abominación por muchos motivos, pero por encima de todo porque partió de la premisa de que cualquier Estado palestino futuro debe estar completamente libre de judíos. Israel no debió haber aprendido a la mala que la paz nunca se alcanzará por esa vía.