La elección de Mauricio Funes como presidente de El Salvador coloca otra ficha roja en el mapa de Latinoamérica. La llegada al poder de la ex guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) es el caso más reciente del triunfo pacífico de movimientos izquierdistas que no hace muchos años empuñaban armas para desalojar del poder a gobiernos autoritarios. Tras 20 años de paciente espera democrática en la oposición, la victoria del FMLN y su reconocimiento por el ultraderechista partido Arena añade también otras fichas al tablero: la de la normalidad y la de la alternancia política.
En su discurso victorioso, Funes -quien nunca empuñó un arma- dijo que “El Salvador está preparado para la alternancia gubernamental”. La región lleva años demostrando esa afirmación. Con la excepción de Cuba, las dictaduras militares fueron dando paso a democracias con elecciones libres, cuyos ciudadanos han optado por gobiernos que, en mayor o menor medida, se alinean con posiciones más o menos izquierdistas. La tendencia ya es mayoritaria en la región, aunque luego la realidad discurra por otros senderos.
De los 10 grandes países de Sudamérica, solo Colombia tiene un gobierno derechista, coincidiendo con que es el único donde aún persisten dos potentes y organizados movimientos guerrilleros.
Más al norte, con la excepción de México, casi todos los gobiernos latinos de Centroamérica y el Caribe se proclaman progresistas. La raya que los analistas trazan habitualmente entre países bolivarianos y gobiernos de izquierda moderada ayuda a entender algunas de las diferencias entre los heterogéneos presidentes latinoamericanos, pero no todas. Los más radicales y populistas son los bolivarianos, alineados con el venezolano Hugo Chávez, porque practican políticas que crean tensión social. El club de Cuba, Nicaragua, Ecuador y Bolivia tiene otros socios no tan implicados en el proyecto chavista, aunque naveguen entre dos aguas y se beneficien de los ahora devaluados petrodólares venezolanos. Es el caso de Argentina o Paraguay, pero también de Honduras, cuyo presidente, el derechista Manuel Zelaya, mantiene una excéntrica alianza formal con Chávez, ya que ha suscrito el “antiimperialista” Alba, tratado bolivariano de libre comercio.
El otro eje, el de los países moderados, de políticas pragmáticas de mercado, tiene al brasileño Luiz Inácio Lula da Silva como modelo que seguir. Pero los miembros de este bloque tampoco están exentos de practicar políticas populistas. Aunque la heterogeneidad sea probablemente mucho más grande en este grupo que en el bolivariano. Junto a Lula, que a pesar de tener un histórico 84% de aprobación ciudadana es criticado por sindicalistas y ecologistas, se alinean desde la chilena Michelle Bachelet, que gobierna en coalición con la derechista Democracia Cristiana, hasta el peruano Alan García o el costarricense Óscar Arias, tachados de neoliberales, pese a que sus partidos integran la Internacional Socialista.
