Debo confesar que soy un invitado bastante desagradecido. El 19 de mayo asistí al banquete de Estado en el que el presidente Obama fue anfitrión del presidente mexicano, Felipe Calderón, en la Casa Blanca. Debería escribir sólo cosas positivas de ambos líderes. Pero no puedo.
Nací en la ciudad de México y mis hijos nacieron en Miami. La primera mitad de mi vida la viví al sur de la frontera y la otra, al norte de ella. Tengo el privilegio de poseer pasaportes de dos países y siento profunda lealtad hacia ambos. Mi madre ve, en la ciudad de México, el noticiario de televisión que dirijo en EU. Mi rutina matutina incluye una revisión de las últimas noticias acerca de México y de EU. Vivo en dos países y pertenezco a ambos. En consecuencia, las relaciones bilaterales tensas entre México y EU no son algo abstracto para mí.
Cuando las dos naciones se topan con un obstáculo grave, las complicaciones que ocurren son parte de mi vida diaria, mientras me desplazo de un lado al otro de la frontera. Soy, en otras palabras, un puente. Y por eso me dolió tanto ver todos los asuntos que fueron dejados de lado y no atendidos durante la visita de Calderón, momentos en que ambos países podrían resolver muchos de sus conflictos principales, simplemente con un poco más de cooperación y creatividad... quizá a expensas de su orgullo.
Veamos, por ejemplo, el terrible índice de criminalidad en México. Más de 22 mil personas han muerto en crímenes vinculados al narcotráfico desde que Calderón llegó a la Presidencia en 2006, según estadísticas de su propio gobierno. Y la independiente comisión de Derechos Humanos de México calcula que cada día, en promedio, siete personas son secuestradas.
La visita de Calderón a Washington la semana pasada se vio ensombrecida por el secuestro del ex candidato presidencial Diego Fernández de Cevallos. Calderón evitó hablar del tema, pero es un crimen grave, con consecuencias iguales a las que hubiera habido aquí si un ex candidato presidencial estadounidense como John McCain o John Kerry hubieran sido secuestrados.
Pese a lo que Calderón ha dicho, la oleada de criminalidad no es sólo un problema de imagen. México es un lugar verdaderamente peligroso, no diferente de la Colombia de los años 1990. En ambos casos, el Gobierno perdió el control de los carteles de la droga: los criminales actúan y el Gobierno sólo puede reaccionar.
El narcotráfico prolifera en México como respuesta a la demanda de drogas en EU. Y los programas de cooperación bilateral han resultado ineficaces. El narcotráfico es un negocio, y en consecuencia debe combatirse no sólo con un ejército, sino con inteligencia.
También persiste el polémico asunto de la inmigración. Nadie habla ya de crear un acuerdo de inmigración entre México y EU, como ocurrió durante el sexenio de Vicente Fox. EU de hecho eliminó a México de la ecuación y está tratando de resolver el problema por su cuenta. Eso es completamente absurdo. Calderón incluso dijo en su discurso ante el Congreso de EU el día después de la cena de Estado: “Para nosotros, la migración no es sólo su problema. Vemos la emigración también como nuestro problema”.
La mayoría de los aproximadamente 11 millones o 12 millones de inmigrantes indocumentados en EU son mexicanos. Y tan pronto como sea evidente una recuperación económica en EU habrá una nueva y redoblada ola migratoria, para la cual Estados Unidos no está preparado.
Este no es un problema que pueda resolverse mediante la fuerza bruta. La nueva ley contra los inmigrantes en Arizona, con todos sus tintes racistas (¿me pedirán mi identificación las autoridades en Phoenix o Tucson sólo por mi piel morena y porque hablo inglés con acento?) no es una solución real.
La migración mexicana es un problema económico que requiere de una solución económica. En tanto haya gente en México sin empleo o ganando cinco dólares diarios, y trabajos disponibles en EU donde ganen 10 ó 20 veces más, cada vez más gente seguirá cruzando la frontera. Sólo un acuerdo de inmigración realista –que permita un flujo legal, continuo y ordenado de mexicanos hacia EU– puede atacar de raíz y proporcionar una solución de largo plazo. Pero Obama y Calderón ni siquiera discutieron la posibilidad de tal acuerdo.
No es mi intención parecer desagradecido: la velada no fue una decepción total. La cena preparada por Rick Bayless, de los restaurantes Frontera Grill y Topolobampo, de Chicago, fue exquisita. La actuación de Beyonce fue tanto íntima como espectacular. El presidente Obama me saludó cordialmente, pese a las veces que le he recordado su promesa incumplida de introducir una propuesta de reforma inmigratoria en su primer año de gobierno. Y Calderón me estrechó la mano, sonrió y me dijo que, ahora sí, me iba a conceder una entrevista.
Pero hay que decir la verdad. Calderón vino y se fue, y todo sigue igual. Gente inocente sigue muriendo en México; Fernández de Cevallos no ha sido encontrado y, en Arizona, los mexicanos y latinos corren más riesgo de ser detenidos por la policía.
La cena fue maravillosa. Pero simplemente no fue suficiente.