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Menores en riesgo

Hablemos del monstruo

Hablemos del monstruo
Protesta por los abusos en albergues de protección, subsidiados por Senniaf. Román Dibulet

La semana pasada se empezó a hablar más abiertamente sobre el abuso y maltrato a la niñez, al salir a la luz pública la investigación sobre lo que han sufrido los niños en algunos albergues de Panamá. A los pocos días, una niña de diez años escapó de uno de los albergues; la noticia la describía como asustada, llorosa y confusa, pidiendo auxilio desde el techo de una escuela, desde donde suplicaba que no la llevaran de vuelta al mismo lugar, pues allí había un monstruo que la maltrataba.

Muchos nos desvelamos pensando en la realidad de esta niña, que en vez de ser llevada al Hospital del Niño para ser evaluada por un pediatra y un psiquiatra infantil que la examinase y verificara que no hubiese sido víctima de abuso físico o sexual, o que presentara riesgo suicida, o inclusive un cuadro psiquiátrico que requiriese tratamiento, se le llevó de vuelta al lugar de donde escapó.

Las redes sociales se enardecieron; ha habido varias declaraciones y aclaraciones, y lo último que supimos es que la niña fue trasladada luego a otro lugar de protección. La información ha ido saliendo de manera fraccionada y saca a la luz las muchas carencias sistémicas cuando se trata de la protección y bienestar de la niñez y adolescencia.

¿Cómo es posible que algo así ocurra en lugares que están destinados a cuidar y proteger a los niños, niñas y adolescentes (NNA) más vulnerables de la sociedad? Los NNA que llegan a un albergue, lo hacen bajo una medida de protección temporal adoptada por la autoridad competente ante una amenaza o violación de sus derechos, con el objeto de preservarlos, restituirlos o repararlos. Esto indica que gran parte de ellos ya ha vivido experiencias de trauma y ha sido víctima de trato negligente, abuso, maltrato, abandono, trata o explotación sexual. El tiempo de estadía en los albergues debe ser el menor posible, garantizando atención integral que permita la planificación y ejecución de medidas que permitan su retorno a la vida en familia y comunidad.

Llegar a un lugar como este refleja ya una sociedad que le ha fallado a la niñez. Muchos de estos NNA sufren directamente traumas complicados y agravados también por los efectos de la pobreza multidimensional y del abuso de sustancias y de familiares con enfermedad mental severa no tratada; sin embargo, hasta donde pude investigar, no reciben atención psiquiátrica una vez allí, y realmente es poco probable que después.

Cuando un NNA sufre maltrato, negligencia, abuso físico, emocional o sexual, vive una experiencia de trauma. Este trauma es más profundo cuando es frecuente, sistematizado, atenta contra su vida y, sobre todo, cuando es infligido por personas con quienes existe un vínculo afectivo. Para algunos niños, la vida en el hogar es como una situación de combate; no saben cuándo van a ser agredidos y el miedo es constante. Los depredadores suelen ser alguien cercano a él o ella. Son estos NNA los que llegan temporalmente a los albergues en búsqueda de protección.

Estas experiencias traumáticas tienen secuelas de por vida. Conllevan cambios neuro-endocrinos importantes, y generan una cascada de reacciones en la biología del organismo que aumentan las hormonas del estrés y los marcadores de inflamación, y que alteran el desarrollo del cerebro, afectando así al NNA de manera inmediata, pero también su salud futura.

Desde el punto de vista neuropsiquiátrico, el abuso y maltrato afectan negativamente la regulación emocional y conductual del niño, su autoestima y autoimagen, sus habilidades cognitivas, su concentración y aprendizaje, y su crecimiento y desarrollo. Desde el punto de vista meramente humano, les roba sus sueños, infancia e inocencia.

Pero las secuelas no terminan allí. Un adulto que ha sido abusado tiene más riesgo de sufrir de una multitud de enfermedades psiquiátricas, como son ansiedad, depresión mayor, esquizofrenia, adicciones y alcoholismo, trastornos de la personalidad y suicidio. También aumenta el riesgo de padecer enfermedades crónicas, como obesidad, diabetes e hipertensión. Tienden a tener más dificultades en sus relaciones interpersonales, en mantener un empleo o tener una vivienda. El cuidado o descuido y el amor o el maltrato que le demos al ser humano en sus primeros años pueden durar, literalmente, toda la vida.

Es indispensable que el enfoque de garantías y protección integral de NNA continúe y se concrete en acciones específicas. Primeramente, hay que identificar a quienes son víctimas de violencia, para brindarles la protección física y el tratamiento médico, psicológico, psiquiátrico y social que requieren, mientras avanzan las investigaciones pertinentes apegadas al debido proceso. Para ello, se necesita garantizar un esfuerzo coordinado por especialistas en trauma infantil, desde las ópticas de trabajo social, psicología, pediatría y paidopsiquiatría, entre otras.

Panamá le debe a su niñez y adolescencia acciones concretas, reglamentadas y articuladas para protegerlas. Hay varios proyectos de ley en línea con las recomendaciones y llamados de atención formulados por el Comité de Derechos del Niño que podrían retomarse. Empezando con el proyecto de ley 314 de salud mental, actualmente en segundo debate, que moderniza los conceptos y manejos en materia de salud mental, y que en los artículos 13, 14 y 15 propone acciones hacia la promoción y prevención de la salud mental empezando en la infancia. Tambien el proyecto de ley que modifica la Ley General de Adopciones; el que crea el Sistema de Acogimiento Familiar que facilite ubicar a niños en hogares que los reciban y proporcionen el ambiente y amor que necesitan. Y, por último, el proyecto de ley que crearía el Sistema de Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y la Adolescencia. Urge revisar las estructuras legales que protegen a los niños, niñas y adolescentes panameños. El sistema tiene muchos vacíos, carencias y necesidades. Las leyes son importantes y facilitan procesos, pero al final es la voluntad y responsabilidad de todos velar por los NNA.

Fue la voz temerosa de esa niña y la torpe respuesta de las instituciones que debieron velar por ella y por todos los niños de los nefastos albergues lo que visibilizó un profundo problema social. A pesar del cansancio físico y emocional de casi un año de pandemia, la gente no solo se manifestó por redes sociales, sino públicamente exigiendo aclaraciones, respuestas y justicia.

Panamá le ha fallado grandemente a su niñez y adolescencia. Esa masa amorfa y desarticulada de desidia, descuido, burocracia, indiferencia e impunidad, asusta y es definitivamente como una niña victimizada lo dijo: un monstruo que lastima.

La autora es psiquiatra de niños y adolescentes y miembro de la Sociedad de Psiquiatría del Niño y del Adolescente y de la Sociedad Panameña de Psiquiatría


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