Mañana se celebrará en Quito una reunión presidencial de la Comunidad Sudamericana de Naciones (Unasur), coincidente con la segunda toma de posesión de Rafael Correa.
El 29 de junio, al día siguiente de que el presidente Manuel Zalaya fuera expulsado de Honduras, coincidieron en Managua la cumbre ordinaria de la Sistema de Integración Centroamericano (SICA) y sendas reuniones de emergencia del Grupo de Río y la Alianza Bolivariana de las Américas (Alba).
Casi de inmediato, la Organización de Estados Americanos (OEA) entró en acción y suspendió del organismo al Gobierno de facto hondureño.
En noviembre se celebrará en Estoril, Portugal, la XIX Cumbre Iberoamericana. Añadamos a este elenco de organismos la Comunidad del Caribe (Caricom), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el Mercosur, el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA) y las Cumbres de las Américas, y el resultado será una impresionante legión de nombres y siglas.
Su existencia refleja una red de traslapes, redundancias y discrepancias que ha hecho cada vez más complejo –y hasta disfuncional- el andamiaje de la diplomacia en el continente.
El fenómeno es relativamente reciente, pero cada vez más notorio.
La OEA, creada en 1948, es el organismo regional más antiguo del mundo. Por muchos años reinó sola en América, con funciones políticas, económicas, sociales y culturales. Sin embargo, la preocupación por el desarrollo y la integración comercial, produjo un “destape” de nuevas organizaciones hemisféricas.
El Caricom surgió en 1958, como primer esfuerzo integracionista. Un año después lo hizo el BID. En 1960, el Protocolo de Managua dio vida al Mercado Común Centroamericano, del que proceden el SICA y otras organizaciones del istmo. El Pacto Andino, antecedente de la CAN, se creó en 1969.
El SELA fue el último –y tardío- reflejo de esta corriente desarrollista, generalmente ligada al intervencionismo estatal y la sustitución de importaciones, que ya hacía aguas al momento de su creación, en 1975.
La década de 1970, y buena parte de la siguiente, fueron de crisis en América Latina, con un impacto demoledor para la mayoría de los países. Uno de sus pocos resultados positivos fue la renovación de los esquemas y organizaciones integracionistas ya existentes, con un sentido de mayor apertura.
Pero, de forma casi simultánea, surgió otra oleada de instituciones, más políticas que económicas, que no parece tener fin. Su principal orientación ha sido atemperar o desafiar la influencia de Estados Unidos, o dar mayor protagonismo a otros países.
El Grupo de Río apareció en 1986, como un “mecanismo permanente de consulta y concertación política de América Latina”.
El Mercosur, con vocación tanto económica como política, surgió en 1991 y, hasta ahora, lo componen sus cuatro socios originales: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay.
Las Cumbres Iberoamericanas, impulsadas por España, nacieron en Guadalajara ese mismo año, y condujeron, en 2003, a la creación de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), con sede permanente en Madrid.
En 1994, con el respaldo de la OEA, Bill Clinton convocó a la primera Cumbre de las Américas, en Miami, con todos los países democráticos del hemisferio. Su principal propósito fue crear otro foco de influencia e impulsar –sin éxito- la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Hasta el momento se han celebrado cinco.
La Unasur y el Alba aparecieron en diciembre de 2004. La primera fue planteada como un “modelo de integración” que incorporara las experiencias de la CAN, el Mercosur y Caricom.
El Alba es un claro proyecto ideológico, constituido por Cuba y Venezuela, al que luego se incorporaron Bolivia, Dominica, Ecuador, Honduras, Nicaragua, y San Vicente y las Granadinas.
¿Vendrán otras organizaciones, al calor de nuevas coyunturas o intereses? No lo sabemos.
El problema no es tanto la inflación de siglas, sino que, lejos de constituir un sistema coherente, se mueven como piezas desarticuladas, con frecuencia pugnaces. Mientras esto no cambie, la diplomacia multilateral latinoamericana no obtendrá su certificado de graduación.