Chumeo es un personaje de mi infancia al que nunca conocí. Cuando mis hermanos y yo entrábamos en casa en un estado de desaliño lamentable tras jugar durante horas en la calle, mi madre siempre nos decía lo mismo: “Parecéis el hijo de Chumeo”. El padre del aludido era un gitano del pueblo de mis abuelos, y el gitanillo, el prototipo de niño desharrapado. Lo grave es que la misma frase se la he dicho yo a mis hijos y estos se la dirán a los suyos, y digo grave, porque así es como, de generación en generación, incluso inocentemente, se transmiten los prejuicios.
A raíz del programa de expulsión de gitanos rumanos y búlgaros de Francia, ejecutada por el gobierno de Sarkozy, siguió la condena del Parlamento Europeo, a la que Monsieur le Président ha hecho caso omiso. Sin embargo, tanto rumanos como búlgaros son ciudadanos de la unión y tienen derecho a la libertad de tránsito, por lo que se han vuelto a plantear las razones de la discriminación de que es objeto el pueblo romaní y nuestro grado de racismo. Que los franceses aleguen que la salida es voluntaria –previo el pago de unos 300 euros por adulto y 150 por niño– no es más que el maquillaje de una expulsión en toda regla.
Los españoles hemos convivido con los gitanos desde el siglo XV, y aunque su población no llega al millón en la península –bastante menos que el conjunto de inmigrantes legales– tienen la fuerza suficiente para hacerse notar. Es más, en la época de la España de charanga y pandereta, era difícil separar la imagen que en el extranjero se tenía de los payos (los que no pertenecemos a la etnia) de la suya.
Lola Flores era gitana aunque lo negara. García Lorca los convirtió en poema en su Romancero, y pese a que cada región tiene su propio folclore, a España se la identificaba, y aún se la identifica, por el flamenco. Cada domingo vamos a los mercadillos donde venden de todo y barato, y estamos acostumbrados a verlos en grupo en los hospitales, porque donde va uno, van 20. De su lenguaje, el caló, especialmente los que tenemos ascendencia andaluza –la región donde son más numerosos– hemos aceptado para uso familiar pinreles (pies), churumbel (niño) o parné (dinero). Resultan vulgares esos términos, es cierto, pero nadie se pone sus mejores joyas para andar por casa. Sin embargo, chaval (joven) está extendido por todo el territorio.
Aun así, ni los hemos asumido en nuestros círculos sociales ni ellos se han integrado. El prejuicio persiste y la Academia de la Lengua no ayuda. En la acepción cuarta del término gitano, se dice que en el lenguaje coloquial, gitano es el “que estafa u obra con engaño”. Es curioso que haya desaparecido la acepción de la palabra judío como sinónimo de avaro, pero no esta, siendo ambas igualmente sesgadas y peyorativas.
El prejuicio, a mi entender, no es exactamente racista. Salvo en mentes muy estrechas, el color de la piel o los rasgos raciales tienen escasa importancia. Basta recordar cómo ha sido recibida en España Michelle Obama este verano. Como una reina. El prejuicio se sustenta en la pobreza, en la marginación o en la manera de ser y de vivir. En realidad, no hay razas superiores sino civilizaciones o sociedades más evolucionadas que otras. Y la evolución viene de la mano de la riqueza y, muy especialmente, del conocimiento.
Ahí está el problema. A pesar de los programas gubernamentales para escolarizar a los niños y jóvenes gitanos, son muy pocos los resultados obtenidos. De hecho, se calcula que un 60% son analfabetos, y entre el resto, muy pocos los que alcanzan algún grado de cualificación laboral. La consecuencia es la lógica: empleos precarios y la búsqueda del sustento por otros medios, como la delincuencia.
Generalizar es siempre injusto, porque incluso los hay universitarios y ha habido algún que otro diputado, pero por regla general, prescinden de la escuela y tampoco se les da oportunidades o el beneficio de la duda. Poca gente les da trabajo y muchos padres presionan para que sus hijos no tengan en la escuela compañeros gitanos. Un círculo vicioso. La pescadilla que se muerde la cola.