El día sexto creó Dios al hombre y luego decidió que no era bueno que estuviese solo. Entonces, extrajo una costilla de Adán y a esa costilla convirtió en Eva, la primera mujer.
Así lo cuenta la Biblia para que deduzcamos dos conclusiones: 1) Que fue primero la cirugía plástica que la mujer. 2) Esto explica la tendencia femenina a los retoques mediante bisturí.
Por eso, yo me muestro comprensivo con la epidemia plástica que se ha apoderado de las señoras, aunque reconozco que ocasionalmente se les va la mano. A propósito: si ello ocurre, aconsejo acudir a una manoplastia, que es la reducción de la extremidad superior mediante técnicas quirúrgicas inferiores.
Hoy es posible modificar el aspecto de casi todo el cuerpo, valiéndose de refinados cortes de cuchillo o picotazos de aguja. Pero cuesta mucho dinero. La alopecia, que antes se curaba con una peluca para el paciente rico y un sombrero para el pobre, exige ahora trasplantes meticulosos, geométricos e individuales de cabello. ¿Cómo sabemos que se trata de cabello trasplantado? Cuando los pelos se alinean en formaciones perfectas, como los guardias del Palacio de Buckingham. Su efecto es tan ridículo como resultan hoy los guardias del Palacio de Buckingham.
Del pericráneo pasamos a los párpados, operación muy sencilla a la que se da un nombre complejo para subir la tarifa: blefaroplastia. Algo de bisturí abajo y algo más a los lados, y ya está: la señora que antes parecía de 70 años ahora parece de 70 años más una blefaroplastia.
Así como pocas personas están a gusto con su nombre, muchas menos todavía lo están con su nariz. Las que se hallan satisfechas con ambas no pasan de una docena, incluida Barbra Streissand, cuyo nombre, al que le falta una “a”, resulta tan deforme como su nariz, a la que le sobra un hueso.
Para cambiarse el nombre no es preciso un cirujano, sino un notario. El cambio de nariz exige un médico especialista. La rinoplastia permite agrandar las narices pequeñas, ensanchar las delgadas, recortar las prominentes, enmendar las arqueadas y reducir las de bulto.
Engrosar los labios se ha simplificado hasta el punto de que consiste solo en inyectar colágeno hasta que el médico considere que la paciente conseguiría flotar en una piscina sin ayuda de salvavidas, aferrada a sus labios. No conviene agrandar los labios si no se aumenta también el tamaño de los pómulos, se suprimen las marcas en las comisuras de la boca, se retoca la barbilla y se depila el bigote.
Es prudente también eliminar aquellas arruguitas en los ojos que algunos denominan “patas de gallo”. El doctor Gallo fue el científico que inventó el procedimiento quirúrgico.
Es normal que el cuello presente arrugas, pues se trata de una parte del cuerpo que se mueve en muchos sentidos. Pretender que su piel sea tersa es como aspirar a que sea plano un acordeón. Pero, a diferencia del acordeón, las arrugas del cuello no prestan un noble servicio a la música, y por eso los cirujanos recomiendan alisarlo aplicando una moderna técnica que estira hacia abajo la epidermis y borra las arrugas.
Para eliminar del todo estos caprichosos y amenazantes pliegues, la ciencia ha perfeccionado la liposucción que suprimirá sus arrugas abdominales y le permitirá vivir contenta. Pero no las suprimirá para siempre, sino por unos pocos meses, porque los médicos también viven.
El lector notará que entre el cuello y la cintura hay dos poderosas razones para detenernos: los senos. La cirugía permite devolverlos a su sitio, y por unos dólares más redondear el trabajo. Algunas damas indecisas optan por repartir la operación, y confían a un cirujano diestro el arreglo del pecho derecho y a uno siniestro el del izquierdo.
Entre los caballeros es frecuente ver por internet anuncios que ofrecen elongamientos de hasta 15 centímetros en un lugar clave a cambio de una suma pagadera con tarjeta de crédito. El varón no debe aceptar esta propuesta, pues es peligroso dar el número de la tarjeta de crédito en la red.
