El uso de la razón no puede darnos una respuesta satisfactoria al extraño comportamiento que ha mostrado el hombre a través de la historia de la humanidad, escrita con sangre y dolor. Esto es toda una contradicción, porque el hombre ocupa, supuestamente, una posición “superior” en la naturaleza.
Entonces, ¿por qué no preservar la especie humana, protegiendo nuestro hábitat y el del resto de las especies? ¿Será muy difícil hacer el bien? ¿Será una necesidad morbosa hacernos el mal?
Puedo citar algunos ejemplos (de una lista infinita) de este comportamiento inhumano: las guerras desde los tiempos bíblicos, la crucifixión de Cristo, la muerte de Gandhi, del padre Arnulfo Romero y del padre Gallego, el Holocausto infame contra el pueblo judío, la Primera y Segunda Guerra Mundial, el uso de armamentos biológicos y químicos prohibidos, los experimentos con seres humanos en Manchuria (1931), la masacre de 300 mil chinos en Nanking, la guerra en Vietnam, las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.
En el caso de Panamá tenemos dos ejemplos funestos: el 9 de enero y la invasión de Estados Unidos.
Desde hace muchos años, los “poderosos” nos han hecho creer que nuestras vidas dependen absolutamente del petróleo, causante de muchas guerras. Ellos han alimentado así sus monopolios egoístas mientras el resto de la humanidad cada vez se afecta más.
Esa actitud egoísta no permite que salgan a la luz pública ni que se pongan en práctica alternativas a la crisis energética. Por ejemplo, en 1957 se realizaron estudios de substancias órgano- metálicas, como el Tri carbonilo metilciclopentadienilo de manganeso, que es un compuesto de mayor rendimiento y que cuida tanto el motor del vehículo como el medio ambiente.
Estos poderosos muestran un falso interés en la búsqueda de alternativas con respuestas a medias, como la alcoholina o la gasolina etilada, que es más barata que la gasolina, pero cuyos efectos en los motores de combustión interna no son los más favorables por el alto contenido de residuos de carbón en las máquinas, provocando un desgaste en piezas y obligando a reparaciones costosas.
Por otra parte, vemos que a medida que surgen los avances tecnológicos y científicos, se da un desbalance y un deterioro de la sociedad, en el plano moral y espiritual, afectados por tóxicos sociales como: las drogas, la violencia, la maldad, el egoísmo, la envidia, el desamor, la avaricia, los malos gobernantes, la pobreza injustificada, la falta de respeto a los mayores, la falta de fe, la educación, los deprimentes sistemas de salud, etc., que atacan a la célula principal de toda sociedad, que es la familia.
Pensar que la cultura no es importante para una nación es un error. Y me viene a la memoria un pensamiento de José Martí: “Ser cultos para ser libres”. Debemos tener conciencia de que los cambios empiezan en nosotros mismos, y no esperar a que lo hagan los demás, porque ya ellos tendrán su labor de hacerlo en el tiempo más conveniente.
Tenemos que humanizar el mundo, más que globalizarlo, porque lo que vivimos con la famosa globalización es un desbalance social: una mayoritaria extrema pobreza y una minoritaria extrema riqueza, disfrazándose ésta de avances tecnológicos y científicos que llegan como migajas a los más necesitados.
Tenemos en nuestras manos la solución a estos problemas, utilizando una herramienta muy fácil y efectiva que se llama amor, y que solo depende de la actitud y buena voluntad de cada uno de nosotros.
Tenemos que amar al prójimo como lo haríamos con nosotros. De esta manera el mundo daría un giro positivo, logrando la paz que tanto nos cuesta. Sería un mundo más equilibrado, en el que reinaría la armonía entre hombre, naturaleza y espíritu.
Pienso que aún no todo está perdido, creo que hay más gente buena que mala, y si todos cooperáramos dejando de hacer el mal, éste no existiría como tal.
