Hubo una época, no muy lejana, en que las palabras éxito y competencia colmaron los despachos de los ejecutivos y los cubículos de los empleados. Eran los tiempos de la globalización como dogma de fe. De los empresarios duros y autoritarios. Cuando dudar de las bondades del capitalismo estaba considerado anatema. Cuando hablar de justicia estaba pasado de moda y solo la usaban sindicatos o gremios que seguían reivindicando derechos y sueldos dignos, envidiosos, al decir de algunos, del progreso ajeno.
Cuando la zancadilla era el instrumento para subir de categoría y ganar dinero y prestigio. Pero hete aquí que se produjo la debacle del sistema financiero, y con ella quedó al descubierto la falacia. La banca nos engañaba, las agencias de calificación jugaban a ser jueces supremos y nos vimos atrapados en un mundo falso de bienestar sustentado por las deudas. Los Estados terminaron por reconocer que el nivel de déficit público era insostenible, las empresas se declararon en quiebra, y los pobres envidiosos, sin comerlo ni beberlo, se vieron en la calle, sin empleo, con los derechos recortados o los sueldos disminuidos o congelados. Y además, en muchos casos, apaleados.
El triunfo de la selección española en el Mundial de fútbol, sin embargo, ha generado vivencias que van más allá del ámbito deportivo. Aparte de la expectación primera y la euforia tras el gol de Andrés Iniesta, la resaca nos ha sumergido en serias y esperanzadoras cavilaciones. No pretendo que mi idealismo olvide las jugosas primas que se llevan cada uno de los jugadores y la selección española como entidad, que si bien debieron de ser un incentivo valioso, no bastaban para conseguir la copa. Hubo algo más: buen juego, constancia, compañerismo y técnica con que nuestros chicos respondieron a la violenta agresión de que fueron víctimas por parte de los holandeses. No le sirvió de nada a la naranja mecánica. La competencia era esencial en el torneo y la meta, conseguir el éxito, pero los buenos ganaron y eso marca un hito. Un viejo modo de hacer las cosas que parecía olvidado.
En ocasiones, y en vista del ambiente de trampas y rivalidad descarnada del mundo actual, nos resistíamos a repetir a nuestros hijos, por inútil, el tradicional sermón que fue base del método educativo que utilizaron los padres con nosotros: “el que sabe siempre es valorado; la honestidad, a la última, gana la batalla; nunca traiciones a tus compañeros; respeta a tus jefes pero no te dejes avasallar por la injusticia”… Parecían palabras que no se compaginaban con la realidad o provenientes de otra galaxia. El consejo adecuado sería: “mete el codo, halaga al jefe, pisa al compañero y busca influencias”.
Por fortuna, La Roja, aparte de unir a España, al menos por un día, bajo una sola bandera, lo que es harto difícil, ha calado sobre todo en los jóvenes. Los jugadores representan a su generación; son muchachos normales como ellos, que ríen, se enamoran, trabajan duro, y que aún se sienten asombrados de su éxito, sin un ápice de vanagloria. La humildad, otra virtud en desuso, está ahora en alza. “Si ellos han podido –comentaba un estudiante– yo también puedo terminar mi proyecto. Su esfuerzo y su sufrimiento me han inspirado”. Milagros del deporte.
Pero no hay equipo que funcione sin un líder. Se ha dicho todo de Vicente del Bosque, mi paisano salmantino. Se ha hablado de su serenidad, de su buen hacer y de la ternura con su hijo, aquejado del síndrome de Down, que nos hizo llorar a todos los españoles. Un hombre poco agraciado, sin glamour, que huye de las cámaras para dar protagonismo a sus chicos, y que ahora proponen algunos articulistas como modelo de ejecutivo para empresas. Fibra de hierro y modales suaves, de gran señor. Bajo perfil y liderazgo indiscutible. Conciliador y eficaz. Tranquilo. Un hombre que conoce a los que dirige, confía en ellos, extrae lo que de mejor tienen y los lleva al triunfo. Con presión, pero sin opresión. Sin zancadillas.