Mireya Moscoso se ha cobrado su primer regalo como una de las principales cantalantes del actual gobierno del cambio. Le ha costado convertirse, sin embargo, en la más dura crítica de su partido -ese que heredó de su esposo- y someterse, servil, al único que tiene el poder de darlo todo, acelerar trámites y recomponer haciendas a favor de seguidores y en contra de detractores.
La de Pedasí, que ya disfruta de Punta Mala, el trunco “Camp David” panameño, a través de una fundación, ahora cuenta con una concesión de 20 años prorrogables de uso de fondo de mar. Hace 10 años, ella misma en Palacio, utilizó la complicidad familiar para mover ficha.
Su silencio conveniente de hoy la hace señora indiscutible de una propiedad paradisíaca que nació soberana y murió en cuestionada subasta para usufructo exclusivo del particular clan de los Moscoso, en uno de los parajes más codiciados por el turismo internacional.
Tras escasos tres meses y con una agilidad burocrática sospechosa, este gobierno, de la mano de la Autoridad Marítima de Panamá, acotó el club de playa de la expresidenta, con todo y muelle. Así, quién no está contento.
