Al tiempo que la economía mundial titubea, los países ricos necesitan unirse a fin de producir un estímulo concertado para la economía, proteger el libre flujo del comercio y rescatar a los pobres y pequeños países que no tienen posibilidades de lograrlo por sí solos.
Lo que el mundo está recibiendo, tanto del Congreso de Estados Unidos como de otros gobiernos, es el tipo de errores estratégicos y reducciones de gastos que desataron la depresión mundial casi 80 años atrás.
La creación de políticas del tipo de tu vecino el mendigo, que se extendieron a finales de la década de 1920 y principios de la de 1930, debería suministrar una sombría advertencia.
La primera vez que Estados Unidos empezó a desatar la depresión a lo largo del mundo cuando empezó a aumentar las tasas de interés en 1928 para reducir la especulación en el mercado accionario, obligando a otros países, cuyas divisas estaban fijas bajo la norma del oro, a que hicieran lo mismo para parar de golpe una salida masiva de las reservas.
Sin embargo, se extendió y se profundizó a medida que Estados Unidos y otros países respondieron a un crecimiento más lento y una caída de las exportaciones mediante la imposición de barreras comerciales.
El comercio mundial se contrajo 60% entre 1929 y 1932. La producción industrial en Estados Unidos y países europeos mostró un descenso superior a 35%. La tasa de desempleo alcanzó 30% en Alemania. El precio del caucho malasio registró una caída de 84%, al tiempo que la lana argentina tuvo un descenso de 72%. A comienzos de 1931, todos los grandes países latinoamericanos incumplieron los pagos a sus deudas. Japón invadió Manchuria en 1931. Hitler llegó al poder en 1933.
El mundo es diferente hoy día. Los vínculos económicos se han profundizado a medida que las empresas han creado redes mundiales de producción. Las instituciones multilaterales, incluida la Organización Mundial de Comercio y el Fondo Monetario Internacional, vigilan un orden económico abierto. Hemos aprendido algunas de las lecciones de la historia. Pero, no las suficientes.
Rusia y la India ya están aumentando sus aranceles sobre los automóviles y el acero. Los aranceles en contra del dumping van en aumento a lo largo del mundo. La Unión Europea está reintroduciendo subsidios comerciales que crean distorsiones. Además, las cláusulas de Compra Estadounidense contenidas tanto en la versión de la Cámara de Representantes como la del Senado del paquete de rescate fiscal evocan, de manera perturbadora, a los aranceles de la Ley Smoot–Hawley, mismos que eran cobrados por Estados Unidos en 1930.
En lugar de avivar las flamas, Estados Unidos debería estar apagándolas, y rápidamente. Debería intentar convencer a otros países, empezando por los integrantes de la Unión Europea, de que inviertan más de lo que han estado dispuestos a dar. Estados Unidos debe trabajar con el FMI para contribuir a la creación y financiamiento de paquetes de rescate para los países en desarrollo que están siendo excluidos de mercados de capital y no pueden cubrir el costo de sus propios estímulos fiscales.
En primer lugar, la administración Obama debe liberar al paquete de estímulos de Estados Unidos de sus grilletes proteccionistas y asegurarse que sea grande y abierto: tan grande como la crisis que amenaza a este país y el resto del mundo.
