Diógenes Sánchez
En nuestro medio se ha difundido mucho la idea de que la filosofía es cuestión de locos. Esta falacia tan ingenua como absurda es el resultado de una campaña sistemática e intencionada dirigida a eliminar, a través de las transformaciones curriculares, la enseñanza de la filosofía de las aulas de clases. Tal exabrupto es la conspiración de algunas elites de intelectuales y tecnócratas panameños, muy dados a la importación de modelos pedagógicos prefabricados, financiados por el BID y otras instituciones financieras, con el ánimo de formar un estudiante altamente tecnificado pero, profundamente deshumanizado.
Estas anomalías configuran un prototipo de estudiante que oscila entre el automatismo y la estupidez, de fácil manejo político a causa de su adoctrinamiento y domesticación. Estos tecnócratas no entienden que las fuentes primarias de todo proceso educativo es la idiosincrasia y la cultura de cada pueblo y que, por tanto, las metodologías tienen que estar dirigidas a las especificaciones propias de esas experiencias de aprendizaje, directamente concatenadas con la experiencia social.
Estos imberbes que consideran que con una escuela llena de computadoras se resuelve el problema de la modernización de la educación, ignoran que el análisis y el espíritu reflexivo son cualidades esenciales de este proceso educativo. Desconocen que la filosofía y la lógica, más que asignaturas, son modelos de desarrollo reflexivo orientados a formar un estudiante que sea capaz de desentrañar las complejidades del mundo alienante que lo circunda, en que se hace necesario aprender a discernir lo verdadero de lo falso, lo real de lo aparente, lo imaginario de lo específicamente concreto.
La filosofía y la lógica sustentadas en la ciencia, son instrumentos de gran alcance cognoscitivo fundamentados en la teoría y en la práctica, capaces de romper la inercia intelectual y formar hombres y mujeres constructores de un mundo verdaderamente libre.
Estas ciencias nos permiten destruir aquellas estructuras mentales heredadas del dogmatismo académico y conservador, que aniquilan cualquier posibilidad de aprender a pensar, cualidad esta que debe ser un objetivo fundamental de todo proceso educativo. El ser humano es individual por naturaleza, ya que es un conjunto de experiencias distintas que lo individualizan como tal, pero es social por necesidad, como señalara el viejo Aristóteles. El análisis lógico nos indica que la realidad sólo puede ser aprehendida a través de los conceptos que median entre el hombre y su realidad, en tanto la filosofía ha creado espacios de justicia y libertad social. A lo largo de su desarrollo, el único compromiso de la filosofía ha sido con la verdad y éste es el carácter temerario que sus detractores ven.
Al igual que la filosofía y la lógica, la ética es de vital importancia en su enseñanza, en una sociedad de gran descomposición social, totalmente exigua de valores como la nuestra. La crisis de credibilidad, tanto a nivel público como a nivel privado, muestra el grado de putrefacción del sistema educativo y el sistema en general; el uno es el reflejo fehaciente del otro. Esto hace necesario un cambio de estructuras tanto a nivel político como social, que permita adecentar y democratizar un nuevo sistema.
El problema de la enseñanza de la filosofía y de la educación en general es un problema de visión sobre el proyecto político a que responde, y es ahí donde radican las principales causas de la agonía social que vive nuestro país. Ese es el problema de fondo y es ahí, y sólo ahí, donde debemos afincar nuestros mejores esfuerzos. Un sistema educativo que impulse la capacidad de pensar (lógica), de reflexionar (filosofía) y de actuar correctamente (ética), puede crear las condiciones básicas para un nuevo tipo de hombre, para una nueva sociedad, si destruimos las causas antes mencionadas. Ese es el único camino.
