En una conversación reciente con un grupo de seis periodistas, dos europeos y cuatro latinoamericanos, se me ocurrió preguntarles si ellos notaban las diferencias entre el partido Demócrata y el Republicano estadounidenses.
“Son pocas”, fue más o menos la respuesta consensuada. Con su acostumbrado desparpajo, el español Miguel Ángel Bastenier, fue tajante al advertirme que en la política estadounidense no hay izquierdas. Recalcó que “a diferencia de los países europeos donde hasta la derecha más recalcitrante acepta que todos los ciudadanos tienen derecho a un sistema de cuidado de la salud universal, en Estados Unidos ni muchos demócratas lo aceptan como principio universal”.
Así las cosas, continué preguntándoles, ¿no creen ustedes que Ted Kennedy era un político de izquierda? “No”. Fue también la respuesta de todos. “Dentro del contexto panamericano, si acaso sería de centro, levemente a la izquierda”, dijo el puertorriqueño Héctor Feliciano.
Yo no sé si en mi pequeño muestreo me topé con gente muy de izquierda o si después de casi tres décadas viviendo en Estados Unidos mis percepciones sobre el espectro ideológico han cambiado tanto que he perdido la brújula.
Lo que es evidente, es que en Europa y América Latina a las izquierdas se les identifica con el marxismo, y en este sentido quizá mis amigos tengan razón. Mi impresión es que El Capital de Karl Marx no era uno de los libros de cabecera del senador por Massachusetts. Las fuentes del ideario político de Kennedy fueron el pragmatismo, el catolicismo y la filosofía que dio sustento al Nuevo Trato de Franklin Delano Roosevelt y que sirvió como plataforma para el liberalismo del partido Demócrata que es muy distinto del conservadurismo del partido Republicano.
La enorme virtud de Kennedy fue traducir este ideario en un legado legislativo histórico en lo que se refiere a la defensa de los derechos civiles, la educación y la salud de las minorías, los minusválidos, los veteranos, los niños, los inmigrantes y, sobre todo, de los pobres.
Durante los 47 años que permaneció en el Senado, Kennedy logró la hazaña de que 550 de los proyectos de ley que elaboró se convirtieran en leyes. Su lucha por los derechos civiles de los estadounidenses en el Senado empezó en la década de los 60 apoyando la legislación conocida como el Voting Rights Act de 1965, que prohibió la discriminación contra las minorías raciales y étnicas en el sistema electoral adoptando medidas concretas para facilitar su voto y garantizarles su registro. También se afanó por penalizar la discriminación en la vivienda, en el trabajo y procurar derechos iguales a los minusválidos y las mujeres.
A la reforma del sistema de cuidado de la salud para beneficiar a la población más vulnerable le dedicó su mayor esfuerzo pero murió sin lograr su propósito de hacerlo universal. Logró, sin embargo, importantes avances que beneficiaron principalmente a los niños y a las mujeres más pobres, a las personas afectadas por el sida y a quienes al perder su trabajo pierden también su seguro médico.
En su casi medio siglo en el Senado hizo su labor para aumentar el salario mínimo un total de 16 veces y trabajó sin descanso elaborando proyectos de ley para mejorar la calidad de la educación.
Su dedicación a la reforma del sistema migratorio nacional fue ejemplar. En 1965, por ejemplo, su primer proyecto legislativo abrió las puertas de la nación a la inmigración no europea.
Facilitó la integración de los hijos de los inmigrantes y culminó en 2007, cuando fracasó en el Senado un proyecto de ley llamado McCain–Kennedy, que habría reformado integralmente el desvencijado sistema migratorio nacional.
En política exterior, también fue ejemplar su oposición a las dictaduras militares en Chile y en Argentina. Así las cosas, yo me pregunto si en la historia reciente de América Latina habrá un político de izquierda ortodoxa que haya hecho tanto por los pobres. Francamente, no lo creo.