Otra joya volante: ‘Chlorostilbon assimilis’

Otra joya volante: ‘Chlorostilbon assimilis’
“Chlorostilbon assimilis” en la pluma artística de Dana Gardner, aclamado ilustrador de aves estadounidense.

Además del colibrí colirrufo, del cual hablamos el domingo pasado, otro colibrí habitante de los alrededores es el Chlorostilbon assimilis; con un nombre común más fácil de recordar: “esmeralda de los jardines”.

El plumaje de los colibríes, en realidad, solo posee pigmentos negros, grises, blancos, canelas, marrones y morados oscuros. Pero la forma y disposición de las plumas refleja y refracta la luz, dando como resultado los bellos tonos iridiscentes que caracterizan a estas diminutas joyas volantes. Por eso, para observar o fotografiar colibríes en todo su colorido, las aves deben estar bajo buena luz. La voz “colibrí” nos llega —por intermedio del francés—, de los indígenas caribes de las Antillas.

En la “esmeralda de los jardines” el macho es más pequeño que la hembra y totalmente verde; su cola es ahorquillada y el pico negro. La hembra luce un antifaz en el rostro. Y el vientre, el extremo de la cola y las partes cubiertas de las alas son de color blanco.

No conozco el número preciso de especies de colibríes que pudieran registrarse en el ámbito urbano capitalino. Pero con seguridad —y esto lo puede confirmar cualquier observador de aves, o cualquier ciudadano común atento a lo que lo rodea y que haya vivido algunas décadas en el área—: varias especies son menos abundantes que antes. A través de 20 años (1968 a 1989), G. Stiles estudió la fauna de aves de la Universidad de Costa Rica y alrededores, y reportó 12 especies de colibríes. De estos, siete eran ocasionales o accidentales: se vieron rara vez. De los restantes, 4 habían experimentado una franca declinación en las dos décadas pasadas.

Tejera, González y López reportan en 1997 al menos ocho especies de colibríes para el campus universitario de la Universidad de Panamá. El Plan de Manejo del Parque Natural Metropolitano, reporta 10 especies para este pulmón de nuestra capital, refugio de muchos “otros habitantes”. ¿Cuántas especies habrá en el Cerro Ancón? ¿Cuántas vivirán aún en parques públicos de la ciudad como el Parque Omar?

Sano sería apoyar más estudios sobre flora y fauna urbana, porque conociendo y reconociendo se llega al aprecio. Y ya se sabe que solo desde el aprecio se protege de verdad.

Dessau, en su libro Tucusitos de Caracas, afirma que en la capital venezolana se registran hasta 19 especies (tucus es vocablo indígena chaima que significa “pájaro-mosca”). Cuando se publicó su libro (1977), Dessau afirmaba que ya los tucusitos caraqueños estaban disminuyendo en número debido al deterioro del medio ambiente, “y la presencia de su mortal enemigo: el gato”.

En Aves del Avila, Bruno Manara menciona: “Los aztecas de México tenían hacia estas aves una admiración especial y creían que los guerreros caídos en combate, al igual que las mujeres muertas en trance de parto, se volvían tucusitos”.

Y para terminar, ¿sabe de dónde viene que a algunos representantes del sexo masculino los digan “picaflores”? De la costumbre, entre los machos de estas aves, de dejar el peso de la construcción del nido y la atención de las crías, completamente en las hembras.

[Texto adaptado del libro de próxima aparición ¿Qué vuela ahí? Guía para conocer, querer y proteger a las aves de la ciudad de Panamá. Escrito por Jorge Ventocilla, ilustraciones de Dana Gardner. Coedición Smithsonian/Audubon].

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