Investigación científica

La herencia viva de Gorgas

En 2017, Ciencia en Panamá, un movimiento nacido un año antes con el objetivo de popularizar la ciencia en el país, celebró una actividad de fin de año en las instalaciones del Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud. Allí, su entonces director, el doctor Nestor Sosa, incluyó en su discurso una frase que hoy cobra especial significado: “los científicos tenemos la responsabilidad de levantar este país”.

Noventa y cuatro años antes -el 18 de febrero de 1923-, el entonces presidente de Panamá, Belisario Porras, acudió al acto de colocación de la primera piedra del futuro laboratorio de medicina tropical, pensado para honrar la memoria del hombre que, al sanear las ciudades de Panamá y Colón, y ganarle la batalla a la fiebre amarilla, hizo posible la construcción del Canal de Panamá.

“Experimento una profunda satisfacción por el hecho de tener el privilegio de colocar la primera piedra del Instituto de Medicina Tropical que Panamá dedica a William Crawford Gorgas para perpetuar su memoria aquí, a las orillas de este murmurante Pacífico… Gorgas destruyó los pantanos de muerte y nos dio agua de bebida pura, purificó el aire de nuestra exuberante vegetación tropical y de nuestras ciudades. Gorgas redimió los trópicos… ”, afirmó con emoción Porras aquel histórico día.

Tras el saneamiento de las ciudades terminales y de la Zona del Canal, se pensó que desaparecerían otras enfermedades tropicales como la malaria. Sin embargo, al construirse los lagos Gatún y Maden (Alajuela), la vegetación acuática empezó a crecer en cada rincón de los dos mil quilómetros de costa creados con los lagos. Los científicos del Gorgas se percataron entonces de la necesidad de sanear las poblaciones alrededor del Chagres para evitar la propagación de la malaria por todo el país.

En 1949, un niño de seis años que vivía en una apartada zona rural, a la orilla del río Chiriquí Viejo, llegó al Hospital Santo Tomás con un cuadro muy grave que incluía fiebres persistentes y temblores. Había llegado a la capital después de un azaroso viaje, que incluyó bote, caballo, jeep y tormenta. Hubo una primera parada en el Hospital de David, donde los médicos recomendaron operar la cabeza para identificar la causa de los temblores. La madre no lo permitió.

El personal del laboratorio del Santo Tomás había sido entrenado por el vecino Gorgas, y era considerado el mejor del país. Tras hacerle los exámenes al niño, el diagnóstico fue contundente: no era una fiebre maligna, como pensaban algunos en el lejano Chiriquí Viejo; se trataba de malaria, entonces conocida como fiebre del Chagres.

“Tras atender el tema de la salud pública urbana por la construcción del Canal, el Gorgas tuvo que enfrentar los problemas de la salud pública rural. La mayoría de la gente vivía en el campo y las casas eran de teja, piso de tierra, penca, caña blanca, y los mosquitos estaban en su ambiente… El Gorgas hizo los primeros estudios de esta realidad y como la vivienda y la forma como la gente disponía de la basura, afectaba y mantenía muy alto el nivel de malaria. Se pensaba que el tema estaba controlado al haber saneado las ciudades, pero en realidad estábamos comenzando…”, relata tantos años después, Stanley Heckadon, el niño salvado de morir de malaria gracias al conocimiento y la ciencia. Gracias al trabajo del Gorgas.

Hoy, frente a la pandemia que ha puesto al mundo de rodillas, otra vez los científicos del Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de Salud, siguen haciendo historia y dándonos a todos los panameños un motivo de orgullo.

El Gorgas cuenta estos días con investigadores de primer nivel, gracias a un grupo de personas que nunca dejó de empujar a contracorriente, la pesada carrera de la ciencia en Panamá. Son los mismos que participaron en la creación de la Vicerrectoría de Investigación en la Universidad de Panamá en los años ochenta, la fundación de la Asociación Panameña para el Avance de la Ciencia (Apanac) en 1985, y los que se empeñaron en hacer realidad la Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt), finalmente creada en 1997.

Hoy el panorama de la ciencia en Panamá es esperanzador, especialmente por las nuevas camadas de científicos formados en gran parte, gracias al programa de becas para investigadores creado por Senacyt. Se trata de una nueva generación que ha tomado con fuerza el relevo, y que lleva con evidente orgullo la antorcha que encendiera William Gorgas.

La autora es periodista, abogada y activista de derechos humanos

Edición Impresa