CREACIÓN HUMANA

La mitificación de la escritura y la lectura

Existe cierta mitificación de la escritura y de la lectura. La sociedad, en general, tiene una percepción de la escritura notablemente reduccionista, mitificada e incluso sacralizada, afirma Daniel Cassany. Cuando usamos las palabras “escribir” o “leer” le damos una connotación intelectual. Tengo amigos que cuando me dirigen la palabra me llaman “literato” como una forma de expresar respeto, porque saben que escribo libros. Este uso coloquial de la palabra escritor, dice Cassany, la utilizamos para referirnos a alguien que escribe libros. En realidad, es un oficio, un trabajo; pero no solo los autores de libros debemos saber escribir.

Leer y escribir son nociones asociadas con frecuencia a actos de la creación. Pareciera que las únicas personas que deben hacer uso correcto de la escritura y la lectura son los escritores. Y parece que son los escritores los únicos con licencia para escribir textos legítimos o bien logrados, porque es una actividad decididamente reservada para un sector artístico en el que se requiere de invocación de musas o talento casi sobrenatural. Tanto para Cassany, como para este servidor, esto es la causa de muchos equívocos y prejuicios.

Se cae en el error cuando se piensa que solo los escritores o los intelectuales son los que tienen licencia para leer y escribir bien. De hecho, muchos profesionales dependen de la escritura y de la lectura. Pensemos en los abogados. Deben leer leyes y decretos; deben escribir actas y demandas. Un edicto mal escrito puede causar mal interpretación. No puedo imaginarme a un docente que no escriba, aunque sea un matemático o un biólogo. Un servidor público debe redactar memos, notas, informes y memorias. Ni hablar de los estudiantes, que constantemente tienen que escribir y leer.

Economistas, sociólogos, ingenieros, doctores, publicistas, investigadores, oficinistas, periodistas deben escribir y leer todos los días; sin embargo, afirma Cassany, no reciben ningún tipo de reconocimiento social como suele pasar con un dramaturgo, un poeta o un novelista. Se tiende a pensar que los profesionales de otras áreas, no artísticas, no necesitan competencias básicas de la redacción o cierta formación. Sin embargo, ellos deben escribir y leer todos los días. Este tal vez sea el motivo del por qué muchos documentos de muchos profesionales tienen problemas de redacción.

“En definitiva, esta visión reduccionista de lo que es la escritura transmite subrepticiamente algunos prejuicios muy perjudiciales para fomentar el desarrollo de las habilidades escritas, la lectura y la escritura”, dice Cassany. Hasta para escribir un obituario o leer una receta médica, se debe escribir y leer bien; a menos que no nos importe que en una lápida haya una frase ambigua o no tengamos miedo de ingerir la dosis exacta de una medicina.

No solo debemos escribir de manera extrínseca, es decir, obligados por una circunstancia laboral, impulsados por algo externo a nosotros; también debemos escribir por necesidad personal, porque lo deseamos. Del mismo modo no solo deberíamos de leer porque el trabajo lo exige, sino por placer o por interés personal. Esto es leer y escribir de manera intrínseca. Sigo ayudándome de Cassany: “Escribir tiene un gran potencial cognitivo; es un instrumento para aprender y estudiar, para crear otras realidades, para analizar... y, por supuesto, para crecer como persona”.

Si pensamos en la lectura encontraremos beneficios parecidos. La lectura es algo más que una herramienta de comunicación. La lectura se nos presenta como un transmisor de cultura que va más allá de hermosas metáforas. No se puede decir que leer es soñar. Leer es la posibilidad de que nuestros sueños se conviertan en proyectos de vida. Estos proyectos son decisiones que nacen a partir de un encuentro con algo que leímos.

Es por eso que es vital que dentro de las políticas públicas de lectura se tenga conciencia de la importancia de la lectura y la escritura como prácticas socioculturales en la sociedad. El anteproyecto de Ley General de Cultura 324 menciona el fomento de la lectura, del libro y de las bibliotecas públicas. Esto es algo positivo, pero ahora deben ampliarse los marcos de una política nacional de lectura que tenga en cuenta el complejo ecosistema del libro y la lectura. La lectura y la escritura son un derecho de todos los sujetos, incluso, de los que no saben leer y escribir, pero que tienen el derecho de aprender.

El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura en el Ministerio de Cultura

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