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La mujer del César no solo tiene que serlo, sino parecerlo

Pompeya, segunda o tercera esposa del político y militar romano Julio César, fue una mujer hermosa y encantadora, pero se dice que no muy inteligente. En el año 63 a.C. César fue elegido pontífice máximo y su residencia estaba en la Vía Sacra. En esta casa, Pompeya acogió las fiestas de la Bona Dea (en español “La buena diosa”), una antigua diosa romana, en cuya fiesta anual estaba prohibida toda presencia masculina. Un joven llamado Publio Clodio Pulcro, consiguió introducirse en la casa, disfrazado de mujer, aparentemente con el propósito de seducir a Pompeya. Fue desenmascarado y perseguido por profanación. Durante el juicio, César no aportó ninguna prueba contra Publio Clodio y este fue absuelto. Sin embargo, César se divorció de Pompeya aduciendo “Mi esposa debe estar por encima de toda sospecha”. Esta cita de César se transformó en la frase “La esposa del César no sólo tiene que serlo, sino parecerlo”.

Los panameños responsables nos hemos ajustado a cumplir todos los protocolos de bioseguridad que las autoridades responsables de este manejo nos han impuesto, tales como: usar mascarillas, lavarnos las manos con agua y jabón la mayor cantidad de veces posibles, guardar distanciamiento social, no realizar ni participar en fiestas o reuniones y mantenernos en nuestras burbujas, lo que implica no poder abrazar o besar a nuestros hijos, nietos, familiares y amigos y quedarnos en casa el mayor tiempo posible.

Parafraseo a nuestra máxima autoridad católica: “Panamá no puede construirse fomentando un ambiente tóxico y de confrontación” y en esto estamos cien por ciento de acuerdo. Pero me pregunto: ¿La génesis de estos ambientes tóxicos y de confrontación de dónde surgen? ¿De ciudadanos comunes? ¿De ciudadanos con cargos públicos? Es allí donde se debe empezar a buscar y solucionar de la manera más diligente, tal cual un buen padre de familia. Es de humanos equivocarse y nos da más valor e integridad reconocer dichos errores y buscar la manera de remediarlos.

Están latentes una serie de desaciertos que han calado en el pueblo panameño, minando la credibilidad y confianza, tales como: fiestas, reuniones por celebraciones de cumpleaños y reuniones políticas en restaurantes, alcaldes en playas, sepelios multitudinarios con personas políticamente expuestas, secretarios generales de ministerios repartiendo bonos en horas de trabajo y en funciones ajenas a su cargo, trámites con procedimientos inadecuados y de más.

El sacrificio debe ser igual para todos y a los que incumplen, se les debe dar el señalamiento que se merecen con mano firme. Lo que no se soporta es que mientras unos hacemos y damos nuestra cuota de sacrificio, otros se creen inmunes, ya sea por sus cargos en el gobierno, por poder económico o por pertenecer al partido gobernante. En las pocas ocasiones que se ha tomado una mínima acción, simplemente se aplica una multa y fin de la comedia, o se determina que “No se incumplió con ningún decreto”.

Desde 1903 vivimos en un país libre y democrático, con iguales derechos para todos. Actualmente pareciera que existiesen varias categorías de panameños: primera, segunda, tercera, y otras más. Las autoridades deben mejorar los correctivos y demostrarnos que de verdad “se está trabajando con los mejores” y que todos tenemos igualdad de derechos. Necesitamos sentirnos seguros, valorados y tranquilos ya que sin estrés, la salud mejora, nos fortalecemos y nuestros cuerpos se llenan de defensas. Mientras que esto suceda, no perderé la fe que alguien se dé cuenta de que: ¡No solo tienen que serlo, sino, parecerlo!

La autora es arquitecta

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