“No podemos seguir haciendo lo que hemos hecho en el pasado”, me explicaba Christian Soulliaert, mientras recorríamos el barrio viejo de Lyon hablando sobre los procesos de integración de los inmigrantes en Francia. Al mismo tiempo, yo le contaba el predicamento por el que están pasando los latinos en el estado de Arizona, en Estados Unidos.
“En vez de mandarlos a los suburbios para no tener que verlos hay que integrarlos a las ciudades”, me decía Soulliaert. “No podemos seguir ofreciéndoles trabajos y negándoles los papeles que necesitan y que todos necesitamos que tengan para que todos vivamos sin sobresaltos. Lo que enfurece y radicaliza a los jóvenes, sobre todo a los hijos de inmigrantes nacidos en Francia, es precisamente la segregación”.
“Por este país han pasado los griegos, los romanos, los bárbaros del norte y hoy los migrantes vienen de todo el mundo y no van a parar. Hay que recuperar el respeto a las leyes y a las reglas, pero debemos ser realistas y, sobre todo, debemos ser tolerantes y generosos”.
Christian tiene razón y lo que predica para Francia se debería aplicar en todo el mundo, porque las migraciones han sido la constante en la historia de la humanidad. En el hemisferio americano, por ejemplo, miles de años antes de que los europeos llegaran al continente que arrogantemente llamaron el “Nuevo Mundo”, ya los migrantes procedentes de África y de Asia habían fundado ciudades maravillosas.
Hoy, la situación no ha variado mucho, según datos de Naciones Unidas, aproximadamente un 3% de la población mundial, unos 200 millones de personas, vive en constante migración. Y según un nuevo estudio de la Organización de Estados Americanos, la inmigración extracontinental en “condición irregular” hacia América Latina ha crecido considerablemente. África y Asia son los continentes que más migrantes expulsan.
El estudio también ofrece un bosquejo de las políticas que algunos países del hemisferio han elaborado para lidiar con el asunto de manera realista.
Y las soluciones que presentan, si bien son individuales para cada país, en su conjunto presentan ideas que bien podrían servir de modelo para manejar el complicado tema. Medidas de seguridad para prevenir y sancionar el tráfico ilícito de personas. Adopción de reglas y criterios para otorgar refugio o asilo a quienes lo requieren legítimamente. Y enfatizan dos temas fundamentales: la imprescindible cooperación internacional a través de acuerdos bilaterales y multilaterales y la agilización del acceso a programas sociales para acelerar la integración de los recién llegados.
Unos días después de mi recorrido con Christian por el Viejo Lyon, a la entrada del mercado en Avignon accidentalmente me topé con los organizadores de una marcha que a finales del mes de mayo recorrerá Francia, de París a Niza, para exigir la regularización de las personas “sin papeles”, como les dicen aquí a los indocumentados. “No podemos seguir separando familias y destruyendo vidas. Los ‘sin papeles’ tienen derechos”, me decían los organizadores de la marcha de protesta. “Hay que organizarnos para defenderlos y la defensa de sus derechos empieza con la regularización de su estancia en el país”. Y mientras los veía desplegar sus mantas urgiendo a la población a “romper el silencio” y unirse a la lucha contra los políticos xenofóbicos que se autonombran representantes de Francia y de Europa.
Y mientras los oía, volví a pensar en la necesidad de apoyar un boicot al estado de Arizona para que quienes apoyaron esta ley que santifica la discriminación sientan las consecuencias de su irresponsable acción.
Hoy, me dije, en Estados Unidos todos deberíamos declararnos latinos de la misma manera que hace ya 42 años este mes de mayo, en las calles de París, la juventud se declaró judía para expresar en un grito su repudio a los ataques de los políticos oportunistas que intentaron descalificar al líder del movimiento estudiantil definiéndole como “un judío alemán”.