Mucho se habla de la violencia contra la mujer, desde las razones por las que muchas son víctimas de este flagelo hasta los remedios que cada quien, desde su percepción e ideología, encuentra. Sin embargo, aquí ocurre como en los otros delitos y es que nadie se detiene en individualizar a las víctimas, para poder ofrecer una ayuda eficaz. Lamentablemente, a pesar de las terapias psicológicas a las que se les refiere, llega el final fatal que todos conocemos.
La pregunta es, ¿qué hacen nuestros equipos interdisciplinarios que tienen injerencia en estos temas? En nuestra sociedad, tendemos a generalizar las razones por las que todas se someten al maltrato físico, psicológico y verbal, en lugar de tratar a la víctima per se, para fortalecer sus debilidades y mostrarle que hay otros estilos de vida, más saludables y armoniosos, más allá de someterse (y en muchos casos someter a sus hijos) a esa vida tan desagradable.
La mayoría de los casos que he conocido de violencia contra la mujer ni siquiera encierran un modo de vida o conducta aprendida. Es decir, antecedentes de madres y abuelas víctimas de agresiones, sino más bien de una dependencia económica: ¿quién va a mantener a mis hijos? ¿Quién va a pagar el alquiler? ¿Quién va a asumir el mercado? ¿Quién va a darme para…? Tampoco hay una dependencia emocional, porque saben que no quieren a ese hombre, pero es quien resuelve.
Es bajo estas circunstancias que se vuelven víctimas de ese estilo de vida, donde después de un tiempo ya no pueden salir y se vuelve su círculo vicioso. Ya no se sienten bien si un hombre no las maltrata y dependen de esa agresión para sentirse realizadas, legitimando así la violencia contra ellas. Ni siquiera las referidas terapias psicológicas evitan la reincidencia y, en consecuencia, toda la convivencia cotidiana queda envuelta en esta vorágine.
Cabe señalar que la fatalidad no siempre es el común denominador, pues hay que reconocer la valentía y el coraje que muchas han tenido para poner un alto a la violencia, logrando empoderarse, incrementando su autonomía y dependencia personal, tomando conciencia de sus propios derechos, capacidades e intereses, toda vez que hoy en día existen más accesos al trabajo remunerado para la mujer y menos normas comunitarias que colocan a las mujeres como un ser inferior a los hombres.
En definitiva, no podemos culpar a la desigualdad de género como causa principal de este problema social. Me parece más bien que estamos ante un problema de capacidad individual de cada mujer para hacer frente a su situación. Por ello hay que fortalecer su nivel de confianza y autoestima, para que puedan responder a sus propias necesidades sin depender de otro. Eso implica ayudarles a creer en ellas mismas y que tengan la convicción de que están legitimadas para actuar y tomar decisiones, sin enjundia de su debilidad como féminas.
La autora es licenciada en investigación criminal y seguridad

