[AMÉRICA LATINA]

El lío de la integración

El bombardeo de propuestas de integración en América Latina da la impresión de que los presidentes están tratando de ver cuál de ellos puede presentar el mayor número de proyectos.

Generalmente se considera que la integración sirve para que los países se fortalezcan. No obstante, las propuestas de integración regional en América Latina parecen tener un objetivo totalmente distinto. Se hacen para obtener poder e influencia tanto en el ámbito regional como en el global.

Ninguna de las iniciativas actuales para impulsar la integración regional se parece al proceso de integración europeo. Tampoco puede considerarse que sean los primeros pasos hacia un destino compartido, como lo fue el tratado de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que puso en marcha el proyecto de unidad europea.

A primera vista, el bombardeo casi constante de propuestas de integración en América Latina da la impresión de que los presidentes están tratando de ver cuál puede presentar el mayor número de proyectos. Al mismo tiempo, se presta muy poca atención a los organismos ya establecidos en la región, que están en muy malas condiciones.

Consideremos el Mercosur, la principal iniciativa regional creada después de la Guerra Fría. Según el académico argentino Roberto Bouzas, el Mercosur está en un estado crítico por la incapacidad de sus instituciones para mantener los objetivos comunes que impulsaron a sus Estados miembros a formular el proceso de integración, y la consiguiente pérdida de concentración y de capacidad para dar prioridad a los problemas políticos. Diagnósticos similares se podrían hacer con respecto del Sistema Económico Latinoamericano, la Comunidad Andina de Naciones y otras.

El torrente de propuestas que se desbordan desde Venezuela contribuye a esta pérdida de dinamismo. Entre ellas figuran la Alternativa Bolivariana para las Américas (con ejército propio), el Tratado de Comercio de los Pueblos, el Banco del Sur y la Organización del Tratado del Atlántico Sur. Aun cuando algunas de las iniciativas de Venezuela no avanzan, otras están cobrando impulso, como Petrocaribe, Petrosur y Telesur. Mientras tanto, Brasil está decidido a asumir un papel político regional y global acorde con su creciente peso económico. El reto es hallar un papel regional que sea compatible con las dimensiones del país, pero que no cree desconfianza y beneficie, al mismo tiempo, al resto de la región.

La propuesta de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), al igual que el Consejo de Defensa Sudamericano, forman parte de la estrategia brasileña para fomentar la cooperación en América Latina con el fin de contrarrestar el poder de EU y actuar como mediador en las diferencias regionales. Si bien la propuesta de la Unasur podría haberse formulado de un modo más riguroso que otras iniciativas, al no haber contemplado la integración comercial significó que, más allá de la voluntad política, no hay nada que una a los Estados miembros.

A su vez, las discusiones sobre el libre comercio internacional se han celebrado generalmente fuera de la región, en Doha o el G–20, con Argentina, Brasil y México como los representantes de Latinoamérica.

Si bien el objetivo de Unasur es ir más allá de los acuerdos de libre comercio, esto requiere ampliar su función actual de foro para discutir problemas y buscar soluciones para América Latina en su conjunto, para buscar una integración más racionalizada dentro de la organización, que amplíe su función actual de foro para discutir problemas y buscar soluciones para América Latina en su conjunto.

Unasur ha evidenciado el enfriamiento de las relaciones entre Brasil y México, que no es miembro de la nueva organización. Esto bien podría tener un impacto en la coordinación política en el futuro, aunque no se ha descartado la membresía de México más adelante. (La participación del presidente mexicano, Felipe Calderón, en la Cumbre de América Latina y el Caribe sobre Integración y Desarrollo que se celebró en diciembre de 2008 en Bahía indica que México no ha dado la espalda a la posibilidad de coordinar las posturas regionales).

No obstante, el Consejo de Defensa Sudamericano ha perdido impulso. Para aumentar su efectividad es necesario sofocar la desconfianza que permea en Unasur y definir claramente los fines de los miembros. Este es el caso de Brasil, particularmente, que es la fuente de mucha de esa desconfianza.

Hace algún tiempo el presidente de Ecuador, Rafael Correa, propuso la creación de una Organización de Estados Latinoamericanos que sustituyera a la Organización de Estados Americanos. La inclusión de todos los Estados latinoamericanos en la recién creada Comunidad Latinoamericana y del Caribe ayuda en parte a reparar el debilitado eje Brasil–México y crea un ambiente nuevo y positivo para la coordinación política futura, pero es poco probable que esta organización contribuya mucho más a la integración y coordinación regional efectiva.

La falta de políticas comunes es notoria en áreas de defensa regional y seguridad interna, donde es imposible identificar una posición común frente a las tensiones interestatales, la lucha contra el crimen organizado y el tráfico de drogas. Estas dificultades se ven exacerbadas por la incapacidad de la OEA para encarar situaciones como el golpe de Estado en Honduras, el conflicto entre Ecuador y Colombia o problemas más amplios. Este estancamiento regional podría empeorar como resultado del nacionalismo; el aumento de las divisiones sociales dentro de los Estados; la proliferación de armas y el incremento de los gastos militares; y la degradación ambiental.

Pareciera que América Latina ha abandonado los principios, compromisos y fundamentos de una integración regional plena. En efecto, los intereses nacionales y los egos nacionalistas han asumido el papel protagónico.


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