Impunidad riñe con Primer Mundo. El engaño es diario. Caminamos, se afirma, con bombos y cornetas, hacia el paraíso del Primer Mundo, y se acrecienta la senda del infierno de la impunidad. Entre paraíso e infierno. Aún nadie ha sido castigado por la agresión despiadada e inmisericorde, anticristiana, antimusulmana, antibudista y antievangélica contra los protestantes de la etnia ngäbe en Changuinola, capital económica de Bocas del Toro. Agresión y exceso de la fuerza policial acaecidos hace un año. Aún no ha aparecido quién autorizó esa masacre, que dejó centenares de heridos y también varios difuntos. La impunidad se pasea gloriosa en las calles de la nación en que leguleyos ponen la boquita así para gritar a quien quiera escucharlos que estamos en la senda del Primer Mundo.
Es mala palabra hablar de una legítima indemnización contra las centenares de familias víctimas del virus dictatorial y la sinrazón en un episodio que recordó los momentos más oscuros del noriegato y la dictadura militar. La instrumentalización semántica está a la orden del día: no hubo homicidios, no hubo tantos difuntos, no hubo nada. Borren del disco duro ese acontecimiento. Y si se les ocurre memorizarlo que sea con aquella sensación característica de la fiesta de San Juan. Por mandato de una autoridad, los antimotines se enceguecieron para segar vidas y visión de compatriotas de la etnia ngäbe. Aunque existen protocolos para atender esas situaciones, fueron obviados. Es la barbarie en acción. Entramos al Primer Mundo.
A las víctimas y sus familiares se les regatean las ayudas económicas que precisan, se les conmina a que no protesten, cuando en la normativa civilizatoria, desde la Carta Magna hasta las leyes pasando por las convenciones internacionales a las que nos adherimos, existe el derecho al grito y a la protesta. Y de indemnización, ni siquiera se aborda la materia.
Los demandantes ngäbes y otros activistas del sindicato bananero de Bocas del Toro expusieron su pellejo para frenar los pasos del autoritarismo, expuestos en la Ley 30, que tantas personas sentadas desaconsejaron y que la Asamblea Nacional, en contravía de la aspiración de la gran mayoría de sus representados, aprobó, para complacer al Ejecutivo sediento de poder, que, tras el levantamiento de Changuinola, ordenó descuadernar. Nunca un desaguisado oficial tuvo tantos apelativos: chorizo, camarón, langosta, golazo, mundialazo, madrugonazo. Supe hasta de recriminación oficial ante tanta frondosidad creativa respecto de una ley. La mayoría de los diputados, sin atender razones y en la noche oscura, endosó el engendro que le remitió el Ejecutivo, en medio de la vuvuzela nacional. No de alegría por la goleada.
Fidelizar. En latín tenemos ‘fidelis’, aquello que no defrauda la confianza depositada en él. De allí surgen ‘fiel’ y ‘fidelidad’. Tenemos también como afijos y sufijos ‘izar’ (forma verbos que denotan una acción cuyo resultado implica el significado del sustantivo o del adjetivo básicos): carbonizar, esclavizar, impermeabilizar. Es una formación legítima ‘fidelizar’. Además tenemos la terminación ‘ción’ (o ‘ación), que forma sustantivos verbales (grabación). Aunque está recluida en la jerga de la ciencia empresarial, ‘fidelización’ es una palabra que se ha incorporado en las últimas épocas en la lengua. Se refiere a aquellas relaciones de largo plazo con determinados clientes de una empresa. Es el proceso de establecer vínculos sólidos y relaciones a largo plazo con los clientes.
