El panameño es corto de entendederas. Su capacidad cerebral está en la zona limítrofe. Habrá uno que otro privilegiado en el Gabinete, no en la Asamblea, que posee neuronas adicionales. Es la visión presidencial.
Toda materia peliaguda de interés público es apostillada por don Ricardo: “Me malinterpretaron”. Sin control previo, ese verbo (hijo del adjetivo “mal” y el verbo “interpretar”) ha pasado a las arcas oficiales, y debe ser traspasado, por vía legal, al inventario del Palacio de Las Garzas. El Ejecutivo ordena y la Asamblea obedece. Ley Chorizo, verbigracia. O el Gobierno, por contratación directa, adquiere un circuito integrado (microchip) para cada nativo, o el presidente se busca el pueblo de un país que lo entienda y donde no lleguen las garras de Julián Assange y su Wikileaks.
Si a Su Excelencia lo malinterpretan a diestra y siniestra, imagínate cómo quedamos expuestos los mortales. Pregunta si es por perversidad, por el agua contaminada de los ríos o por un decrecimiento progresivo neuronal de los compatriotas. La tuya. No importa si son los alcances de la finalidad de que sea Israel el custodio de Jerusalén, la ley de los pinchazos, la ley carcelazo, la ley 30, la construcción de una carretera bordeando el Caribe, el perdón a periodistas, el levantamiento del control previo, las bases navales y Estados Unidos, la escogencia de magistrados o del fiscal general o la solicitud de asilo de otros acusados colombianos, además de la María Pili.
Dejen que don Ricardo se explique. Quédense callados, de preferencia. Hablan, alardean ignorancia y no comprenden, no obstante.
El entendimiento es esa potencia del alma que descifra las cosas, animal, vegetal o lo que sea, las compara, las juzga o induce o deduce sobre ellas. Se discurre, se razona. ‘Interpretar’ es aquella acción mediante la cual se explica el sentido de algo y, de manera particular, de aquello que se dice o se escribe. Ni los rebeldes de Changuinola entendieron ni entienden: no debieron agacharse ante el chorro de perdigones. “Malinterpretaron”: de allí los difuntos y los cegatos.
A la chanchada se han adicionado desde EU corresponsales que no han sabido encontrar el ajo del pensar martinelliano. La revista América Economía encabezó el palmarés cuando reprodujo, sin editar, el cálculo presidencial sobre el aporte fiscal del titular de Economía.
Gente profana, cuyo entendimiento es cuestionado y cuestionable. Debe ser sancionada por el delito de malinterpretar a Su Excelencia.
Hasta a Bárbara Stephenson, con toda su experiencia diplomática, se le pegaron esos malos hábitos. Oí a Shamah indicar que la limitada entendedera de la embajadora es por inquina contra Martinelli. Con tantas acciones de seguridad de los estadounidenses, tampoco se entiende que a esa señora le permitiesen tomar de la fuente de agua contaminada que nos está idiotizando a los panameños.
Apocalípticos sostienen que de este espacio común surgirán muchos dialectos. Se producirá una dispersión lingüística. Cada grupo se comunicará de una forma. Y el conjunto tendrá que acudir al lenguaje de señas y no faltarán quienes levantarán el dedo y hasta la manga. Este síndrome de malinterpretar el querer y decir presidencial es signo de este tiempo, mi querido Watson.
