A principios de 1977, cuando las negociaciones de un nuevo tratado habían llegado a un punto crítico y final y pronto tocarían el tema de la firma de los tratados y luego su aprobación por el Senado, surgió una nueva situación formulada por una dilecta amiga de los exiliados panameños, quien recomendó que nosotros los exiliados, que vivíamos en Miami, presentásemos personalmente nuestros puntos de vista al Comité de Asuntos Exteriores del Senado, norteamericano.
Ella era Adelaide Eisenmann, tía de Bobby Eisenmann. Ella residía en Washington y tenía amplias y valiosas vinculaciones con círculos políticos norteamericanos. Doña Adelaide Eisenmann nos consiguió la audiencia o cita en el Senado. Viajamos a Washington, llenos de entusiasmo, pero no con muchas esperanzas, Bobby Eisenmann, Guillermo Ford, Winston Robles, Iván Robles, Eusebio Marchosky, Carlos Rodríguez y Rubén Carles (yo viajé desde Honduras vía Miami).
Llegamos y asistimos con puntualidad a la Sala de Reuniones del Comité de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos. Era una reunión privada. Ese es uno de los principales centros de poder en el Gobierno de ese país. Allí estaban los “leones” del Senado. Eran hombres de gran experiencia, capacidad intelectual, gran imagen pública, prestigio, de mediana y avanzada edad, conocimiento sobrado y poder.
Cuando llegamos a la sala de reuniones del comité, uno de los más importantes del Senado, de gran impacto internacional, nosotros quedamos profundamente impresionados. Así fue. El Presidente nos salió al paso y nos dijo: “jóvenes panameños, hemos accedido a recibirlos en este comité y en primer término debemos informarles que no nos interesa discutir con ustedes el tema de los proyectos de tratados. Nosotros los hemos estudiado en detalle. A los tratados con Panamá hemos decidido otorgarles nuestra aprobación, así es que estamos dispuestos a escuchar lo que ustedes, panameños, tengan que decir tomando en cuenta la anterior salvedad”.
Nosotros, en esa época, no teníamos ningún documento oficial panameño que diera fe, siquiera, de nuestra condición de panameños. Todos teníamos documentos de viaje, expedidos por otros países y organismos internacionales. Esos eran los únicos papeles que llevábamos. Sin haberlo programado, todos sacamos esos documentos y los pusimos sobre la mesa a los senadores norteamericanos.
En esa mesa hubo pasaportes de viaje expedidos por Honduras, Belice, Venezuela y la oficina de las Naciones Unidas en Ecuador, que atiende la situación de los desterrados, los que no tenía patria, los perseguidos políticos, que éramos víctimas de la violación de nuestros derechos humanos.
El vocero de los panameños Roberto Eisenmann les dijo a los senadores: “nosotros no vinimos a hablar aquí de los proyectos de tratado del Canal. Nuestro interés es denunciar ante ustedes las violaciones de los derechos humanos, la ausencia de libertades públicas y actividades políticas en Panamá, la corrupción y la violencia. En Panamá existe una dictadura”.
Los senadores de inmediato comenzaron a examinar los documentos y perplejos nos preguntaban: “¿Por qué tienen ustedes que utilizar estos documentos expedidos por países y entidades ajenas a su propio país de origen? ¿Qué es lo que pasa en Panamá? Antes de concederles esta audiencia nos informaron que ustedes eran ciudadanos serios y responsables. Ahora resulta que no tienen ni documentos sobre su nacionalidad y que han sido violentamente desterrados”.
Uno de los senadores, con firmeza, indicó que hasta la fecha, ni la embajada de Estados Unidos en Panamá ni el Departamento de Estado, en Washington, habían reportado ninguna situación anormal en cuanto a las libertades públicas y derechos humanos en Panamá. Afirmó que esto era intolerable y que el comité debía, inmediatamente, solicitar al Departamento de Estado y a la Embajada Americana en Panamá, informes completos y detallados sobre la situación en Panamá. Les impactó la denuncia de que en Panamá lo que existía era una “dictadura”.
Así fueron las cosas. Más adelante supimos que el Comité de Asuntos Exteriores condicionó su aprobación al tratado a que el Gobierno de Panamá debería comprometerse a permitir las actividades políticas, la inscripción y funcionamiento de partidos políticos, celebración de elecciones libres y libertad de expresión. El comité añadió que requerían el compromiso del Gobierno de Panamá en cuanto al retorno de todos los exiliados políticos a Panamá. Así resultaron las cosas y los tratados fueron aprobados y se inició un proceso de restablecimiento de las libertades políticas en Panamá.
El tratado fue aprobado en el Senado con una votación donde la diferencia fue un solo voto. Los senadores del comité en referencia votaron. Cumplieron su promesa, pero también el Gobierno panameño de Omar Torrijos, responsable de las violaciones y abusos imputados, se vio obligado a cumplir. Los exiliados podíamos regresar. Se abrió el camino a la democratización.
La persona que con más energía y decisión tomó la iniciativa en defensa de los exiliados panameños fue el senador Edward Kennedy, de Massachussetts, quien por muchos años fue uno de los líderes del Senado estadounidense y uno de los más respetados legisladores. Los norteamericanos lamentan en estos días la muerte de este auténtico líder, liberal en su pensamiento político, demócrata conocido y luchador por los derechos sociales y humanos y las libertades civiles y políticas. Los panameños recordaremos siempre con cariño a Edward Kennedy, el “león del Senado”. quien, oportunamente, defendió la causa de la democracia panameña y cambió el rumbo de la historia de nuestro país.