Dinamarca, el anfitrión de la cumbre climática, está echando mano de mecanismos políticos probados: en una sala contigua se reúnen los poderosos, que toman las decisiones y asumen los compromisos que luego serán aprobados en el círculo más concurrido.
Así lo hacía el entonces canciller alemán Helmut Kohl y así lo hace el presidente Nicolas Sarkozy con sus asesores en el Eliseo. Y la maquinaria de la UE, ya se sabe, se mueve en torno al eje franco-alemán. A un país con exigencias extraordinarias se le invita a una conversación de a dos, al “confesionario”, según la jerga. Pero en el caso de la cumbre climática de Copenhague, a Dinamarca ya no le salen las cuentas.
El enfrentamiento entre ricos y pobres planeó desde el inicio de la mayor conferencia internacional de todos los tiempos. Entre los países grandes y los pequeños, entre la aspiración del anfitrión de llegar al final de los 12 días a un acuerdo y el deseo de los países en desarrollo de ser escuchados lo suficiente. Y, finalmente, estalló la pelea.
El negociador chino, Su Wei, se hizo con la palabra por tres veces en un pleno lleno de jefes de Estado y de Gobierno, y acusó de falta de transparencia y de actuar en interés propio al primer ministro danés, Lars Lokke Rasmussen, visiblemente afectado. Los países en desarrollo maldicen desde hace días la prolongación del debate de varios temas en subgrupos, que en parte no pueden seguir ellos mismos personalmente.
Muchos ya no se sienten representados en el G–77, el grupo de los países en desarrollo, del que actualmente tiene Sudán la portavocía. Y es que los intereses son muy diversos y van desde los de islas amenazadas con desaparecer en el agua a India, que apuesta por el crecimiento. Pero Occidente, acuciado por el tiempo y la necesidad de eficiencia, exige tener solo una persona de contacto.
A la conferencia le queda un día y los nervios están a flor de piel. “El mundo espera resultados y nosotros nos ocupamos una y otra vez de cuestiones de procedimiento”, se quejó Rasmussen. El círculo de los 192 países presentes no ha sido informado sobre los resultados de la reunión nocturna de los países industrializados, le respondió Su.
Y Naciones Unidas tuvo que instalar una especie de servicio de reclamaciones de forma espontánea. Tras las quejas se encuentra el miedo a ser arrastrados sobre la mesa de negociaciones por parte de los países ricos. Los países industrializados podrían ponerse de acuerdo sobre porcentajes de reducción de sus gases de efecto invernadero, pero no podrían, como en el caso del Protocolo de Kyoto, hacer jurídicamente vinculantes esas cifras.
El ministro de medio ambiente alemán, Norbert Röttgen, advierte ya de que lo importante ahora es el contenido y después ya vendrá la forma del acuerdo. Pero sin este, los países en desarrollo y los países emergentes no quieren dejarse comprometer con estrategias para la protección del clima.